miércoles, 18 de enero de 2012









MÁS QUE TRES


Los argumentos que se esgrimen en los paratextos de una muestra como esta suelen rondar conceptos que permiten abrir las posibilidades interpretativas de lo que está expuesto en frente del espectador. Y está muy bien. Es muy gratificante sentir que lo que leemos en un desplegable ayuda a simpatizar con lo que vemos colgado delante de nosotros. Sin duda, curadores, críticos y licenciados son celebrados en sus aportes de mediadores entre la obra y el visitante. Sin embargo, en esta muestra en particular quiero dejar constancia de que lo que me une a Julio Alan Lepez y a Paz Bardi es el (no simple) afecto que nos convoca hace varios años en el taller de Julio, allá por el barrio de Belgrano. 

Por lo general, en cierto punto del crecimiento artístico, uno empieza a seleccionar a sus formadores por afinidad y admiración. Cuando me decidí por Julio, fueron sus cualidades de hacedor de imágenes las que determinaron esa decisión. Su justo medio entre figuración y expresión, entre obra plástica y obra lúdica me habían impactado de inmediato. No cabe aquí mencionar todo lo que aprendí con él. Pero si seguí yendo a su taller después de tanto tiempo es porque un plus de valor se fue agregando a medida que pasaban los años. Ese plus no tiene que ver con cómo ordenar una paleta con colores, con cómo estructurar una figura o con tener en cuenta a tal o cual artista, sino con otra cosa, más imprecisa y difícil de explicar. Tal vez tenga que ver con asuntos muy profundos como el de intentar especificar los modos personales de conectarse con el proceso creativo en estos tiempos tan complejos o, por el contrario, de cosas muy banales como las opiniones comentadas de equis asunto en charlas con café o de gestos muy sutiles que aparecen, por ejemplo, en la manera de saludarnos e interesarnos por nuestros dilemas cotidianos. A lo mejor tiene que ver con la gente que rodea a Julio dentro y fuera de su espacio de trabajo. De un modo u otro, siempre me interpelaron mis compañeros de aprendizaje y conectar con ellos era una suerte de misión. Es algo que me viene de chico. Cuando supe que Paz retomaba el espacio de taller en lo de Julio hice lo imposible para poder coincidir con sus mismos horarios. Ya conocía algo de su obra, ya había visto su página web, ya había oído hablar de ella por amigos en común y sin conocerla ya estaba fascinado. Dar con ella fue como sentir que de pronto había mucho tiempo libre para estar bien, como encontrar dinero en el bolsillo de un pantalón que no usamos hace días. Paz llevaba puesto un encanto en su corte y peinado, una soltura y desfachatez cuando hablaba de sus cosas que superaban, incluso, a lo que veía en sus pinturas. Compartir las clases de Julio con ella fue mucho más que ver que teníamos en común algo de los temas que queríamos contar, algo de las técnicas o de los materiales elegidos para expresarnos. Fue, desde ese momento, saberse bien acompañado por un buen tiempo. 

Quisiera ser claro. Lo que me une a estos artistas pasa justamente por entenderlos como algo superior a lo meramente artístico: pasa por el enorme afecto que les tengo; por ser poseedores de una facultad muy particular que consiste en saber contenerme, escucharme y ayudarme a determinar para dónde ir en esos días en que las brújulas no funcionan o los astros quedan mudos. Y cuando eso tremendo sucede, que se sepa, me encanta, porque me digo: “Todo bien. Este martes nos vemos en el taller”.

Santiago Erausquin









Boceto para La noche, xilografía realizada finalmente para cerrar el 2014.