miércoles, 18 de enero de 2012




Humor y fantasía

Las primeras cosas que dibujó Santiago fueron personajes de historieta y dibujos animados: la Pantera Rosa, Clemente, el Inspector, Larguirucho. Sus familiares y amigos no podían adivinar enseguida qué estaba dibujando porque la punta de la nariz, un ojal del sobretodo o cualquier otro detalle podían ser el punto de partida de la misteriosa figura que iba apareciendo poco a poco en el papel ante sus ojos expectantes. 
Santiago tuvo siempre la costumbre de escribir cartas de amor y amistad que conmueven hasta una roca. Las que escribía a sus compañeros de la escuela primaria incluían ilustraciones. Muchas veces era un Clemente que tenía algún atributo que aludía con afecto y humor al destinatario de la misiva. 
Las vacaciones eran para Santiago un momento particularmente productivo e inspirador. Con sus padres y hermanos, Tomás, Elena y Elvira, más algunos invitados, viajaban siempre en un pintoresco colectivo transformado en casa rodante y se instalaban en lugares con vistas alucinantes como villa Pehuenia, lugar favorito de Coca, la madre, o el cañon de Talampaya. 
Santiago hacia planos de los lugares en los que estaban con la ubicación de otras familias que acampaban en el mismo predio y que le despertaban curiosidad, ilustraciones de lo que imaginaba que ocurría en el interior de las montañas e historietas con las aventuras de Idelba, personaje inspirado en una histriónica y excéntrica profesora de plástica de la escuela media que estimuló mucho su imaginación e inventiva. 
Fomentaron también su vocación artística dos tíos abuelos, el mítico escenógrafo Saulo Benavente y Oscar Erausquin, alguien con una particular sensibilidad estética que se manifestaba en las invitaciones de cumpleaños que elaboraba artesanalmente y en muchos muebles que sus familiares conservan y que parecen salidos de un cuento de hadas. Fueron también muy estimulantes los libros de arte y materiales para dibujar y pintar que le regalaron sus tíos Alberto, Ercilia y Huarqui. 
Por recomendación de Caloi, paciente del consultorio odontológico de Rodolfo, el padre de Santiago, comenzó cuando era adolescente un curso de dibujo humorístico en la escuela de Garaycochea. Era la primera vez que caminaba solo por las calles del centro, fue una experiencia nueva y emocionante. La lectura de los textos de Tolkien y la estética de películas como El cristal encantado y La historia sin fin lo aproximaron al mundo de la ilustración de mundos y seres de fantasía. Por la misma época comenzó a concurrir al taller de Fabián Valle, su primer maestro de pintura. Allí conoció la práctica de dibujar con modelo vivo y comenzó a entender la importancia de la búsqueda de un lenguaje propio específicamente plástico. 
Cuando terminó la secundaria, hizo primero la carrera de diseñador gráfico en la UBA. Allí a partir de la fascinación que le generaron los carteles de las vanguardias rusas, entró en contacto con la dimensión gráfica de la producción artística que desarrollaría después en su incursión en el grabado. En esa época comenzó además a dar clases como ayudante en una de las cátedras y descubrió su vocación docente emparentada con su natural inclinación por el humor y la actuación. Apenas terminó esa carrera comenzó a cursar en la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón en el palaciego edificio de la Avenida Las Heras. Rodeado de compinches como Ezequiel García y Natalia Contreras, fueron años de muchos descubrimientos, experimentación y aventuras creativas, instalaciones, performances, visitas a la bienal de San Pablo, etc. Las obras de esa época tienen un estilo expresionista y son con frecuencia representaciones de situaciones extrañas y oníricas. También se despertó su interés por la historia del arte. A través de una profesora de la Escuela, Adriana Laurenzi, conoció la Asociación de Amigos del Museo Nacional de Bellas Artes y llegó a las clases de historia del arte de Miguel Ángel Muñoz. Fue un momento epifánico, “yo quiero trabajar de esto”, dijo. Hizo la licenciatura en Artes en el IUNA y continuó su formación en teoría e historia del arte en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Fue dejando progresivamente sus trabajos como diseñador para dedicarse a la enseñanza en instituciones como el ISER y el mismo AAMNBA, lugares en los que trabaja como profesor de historia del arte actualmente. Los temas que enseña no están ausentes en las obras de Santiago ya que muchos de sus cuadros versionan y retoman mediante citas y alusiones, elementos de la tradición remitiendo por ejemplo a convenciones de géneros pictóricos como el desnudo o el retrato. 
Además de escribir siempre las cartas más conmovedoras, Santiago escribió y publicó también una novela y numerosos cuentos (Rodrigo y todos los demás, Paisaje y Querido Pen -Pal:) que crean un mundo atractivo y extraño, en el que conviven inocencia, erotismo y humor, y que dialoga con los temas que trabaja en sus cuadros. Santiago forma parte también de Cencerro, un sello independiente y alternativo que desde 2003 produce e impulsa la realización de proyectos creativos. 
En paralelo a su formación académica y a su trabajo docente, Santiago asistió a diversos talleres coordinados por artistas. Concurrió al taller de Ernesto Pesce y adoptó desde entonces lo que con humor llamaba “Depeche Mode”, una técnica para dibujar que consiste en alejar el lápiz de la mano a través de una varilla de alrededor de 30 cm. Tomar esa distancia ayuda a perder el control obsesivo del detalle, lograr un trazo más libre, un estilo más abocetado y figuras menos definidas y más sugeridas. En el taller de escultura de Valeria Castriota adquirió conciencia del sentido y valor de cada uno de los múltiples y diversos pasos en la realización de un proyecto creativo. El taller de Ariel Mlynarkzewicz lo impulsó a profundizar su vínculo con la pintura como medio expresivo y lo ayudó a definir sus temas entre los que se destaca el interés por captar la gracia y el misterio que irradian los cuerpos de hombres jóvenes. Su veta de grabador encontró un espacio de expresión en el taller de litografía de Matías Amici. Y actualmente concurre al taller de Julio Lepez en el que se perfecciona en el uso del óleo y las técnicas para la construcción plástica a través de la mancha, el color y el trazo del pincel. 
Santiago disfruta mucho también de formar parte de espacios de producción artística autogestionados. Formó parte del grupo Sur, que funcionó en el taller de cerámica de Pancho Buitrago y participa en la actualidad de “Los martes en lo de Ana” que se reúne semanalmente en San Telmo. El conocimiento y la experiencia que Santiago fue atesorando con los años no lo alejaron de la conexión con el humor y la fantasía que tuvo desde que era chico. Las cartas y postales que escribe incluyen muchas veces viñetas y caricaturas, y en la última muestra de sus cuadros, un muñequito de Larguirucho acompañaba en una vitrina a sus cuadernos de apuntes del natural que realizó en la playa.
José Fraguas
Agosto de 2018



La luz y los cuerpos

En las pinturas de Santiago hay pieles que reciben la luz como algo nuevo, y en esa luz a la vez plena y nocturna se descubren a sí mismas. Hay sugerencias de movimientos y de voces, pero las voces están sobre todo en la intensidad del trazo, en la mirada del pintor y de sus modelos, y sobre todo en el diálogo silencioso que se establece entre los cuerpos. Santiago registra existencias que son siempre como mínimo duales, como si la primera juventud se creara siempre en una escena entre pares. Están además los accesorios de los modos de existencia: los celulares, las pastillas, los brackets, el faso, el nombre propio intercambiable. Capturas del instante en que se emerge a una escena de deseo fuera de la prisión de los mundos jerárquicos del trabajo, del deporte, del estudio. Se revela la luz cruda de lo recién nacido: lo nacido de la fantasía de la comunicación directa, sin la conciencia del abismo de la diferencia con los otros.

Eduardo Muslip
Agosto de 2018


Paisaje 

¿Qué mirás, Santiago? dijo su tía, y el joven artista, con los ojos colmados de exuberancia masculina tendida sobre la arena, se limitó a responder: el paisaje. Erausquin nos engaña, nos propone un juego donde una simple anécdota parece definir el sentido de la obra, sin embargo, esta historia devela una intuición profunda y vivencial, una apuesta a revelar lo que subyace en una cultura que se proclama, por completo, heterosexual. 
La heteronorma ha impuesto sobre nosotros un axioma: desearás, mirarás y serás poseedor del cuerpo femenino. Como toda restricción, esta norma ha impulsado la creatividad de los hombres y ha sumado una cuota de placer al vincular el goce del cuerpo masculino con lo prohibido. Lo homoerótico ha sobrevivido a la clandestinidad, a lo amateur y a la pornografía, se ha colocado distintas máscaras a lo largo de la historia que le han permitido a los hombres mirar a otros hombres sin culpa e incluso disfrutarlos. Entre las excusas más notables para este voyeurismo deben destacarse los juegos deportivos, la mitología, los mártires agonizantes de éxtasis y dolor, los ejercicios académicos de desnudos masculinos. 
Por el contrario, los cuerpos de Erausquin no necesitan excusas, se imponen a la mirada con sus torsos desnudos, con sus pieles rebasadas de color, nos muestran sus tatuajes, las marcas violáceas de lo que parece haber sido una noche de excesos, la ortodoncia recién estrenada. Extraños atributos para retratos académicos, perfectos a la mirada curiosa de un artista dispuesto a explorar en la intimidad de lo cotidiano. Erausquin se aleja de la anatomía perfecta, del desnudo heroico, de la pose fijada para la posteridad. Nos muestra, en cambio, a Nehuén, a Elías, a Tomás. Sin veladuras, expuestos a la luz del día para ser contemplados lo mismo que un paisaje. 
Puede que en verdad ninguno de estos jóvenes sea gay, puede que nada de lo que sucedió en el departamento donde fueran retratados tuviera una carga erótica, pero esto poco importa, porque es la mirada del artista quien nos conduce a esta visión erótica de lo cotidiano, la que nos permite experimentar un goce prohibido, la que nos revela un objeto de deseo. Con pinceladas expresivas, cargadas de materia pictórica, pero sometidas a la rigurosa mirada del artista, a la intimidad creada por su recorte, Erausquin nos abre camino por este paisaje de auto-exploración.

Eliana Madera
Curadora de Paisaje.





Boceto para La noche, xilografía realizada finalmente para cerrar el 2014.