ESCRITOS


Querido Pen-Pal:

Para Elías y Tobías Leiro, con afecto.

"Vanessa Hotmail: Yo aria cualquier cosa por amor ese es mi miedo.”

Alejandro López, Keres cojer? = Guan tu fak, Interzona, 2005


I

“Querido Hugh, buen día. Soy tu nuevo Pen Pal. Vivo en una casa bastante común en el sur de la provincia de Buenos Aires, en la República Argentina, y tengo trece años de edad. Voy al colegio a la mañana y a la tarde, donde aprendo inglés. Espero que en esta carta se note. Te mando una foto de mi familia para que nos conozcas. Yo soy ese que está agachado con mi perro. Se llama Americano y es completamente negro. El otro que aparece es mi hermano Alberto, que ahora tiene quince. Es el único que tengo, por suerte. Mi mamá es la que está al lado mío y la otra es mi tía que vive en Bahía Blanca. Bueno, vive allá pero esa vez estuvo una semana de visita en nuestra casa. Bahía Blanca también está en la Argentina. A lo mejor pensás que mi papá sacó la foto, pero no. La sacamos con el automático. Mi papá no está porque se murió cuando yo era chico. O sea, no tengo papá. Mi hermano Alberto me está haciendo “sucutrule”, que no sé cómo se dice en inglés, pero se trata de una broma muy poco ingeniosa, por cierto, pero que él me la hace en todas las fotos que nos sacamos. Tendría que haberme ubicado más atrás. Pero siempre me olvido y caigo. Lamentablemente no tengo otra mejor.”

El Pen Pal es algo así como un amigo que se mantiene vía postal, por cartas escritas de puño y letra, ensobradas y mandadas por correo. Tuve algunos que me duraron bastante tiempo y fue una práctica constante entre séptimo grado y el tercer o cuarto año de la secundaria, en épocas en que todavía no había internet, ni celulares o computadoras en las casas. Hugh de California fue uno de esos con los que el intercambio fue bastante fluido. Después del accidente que tuve con mi hermano, y que nos tuvo postrados tres semanas, apenas si escribí alguna tarjeta para fin de año. El desinterés que me sobrevino fue total y escribir unas pocas líneas era peor que arrastrar piedras para levantar una pirámide egipcia.
Para tener un amigo por correspondencia había que estar inscripto en Pen Pal Co, una institución extranjera que ofrecía contactarte con chicos de otros países sólo a través del inglés. Un compañero del colegio —generalmente una niña estudiosa y prolija— se encargaba de llenar los formularios, juntar el dinero y mandar todo por correo a la empresa. Al cabo de unas semanas cada uno recibía en su casa noticias de alguien que aunque a miles de kilómetros de distancia quería ser tu mejor amigo. El servicio no era barato, había que abonarlo en dólares, pero por suerte una única vez.
Yo no cuestionaba ciertas contradicciones como la de tener que pagar por una amistad que se declaraba indestructible desde el comienzo, pero sí celebraba la ocasión para poder fantasear e inventarme un personaje que no era, sin fisuras, de muy buenas calificaciones, habilísimo en miles de cosas y, si se quería, parte de una familia modelo. Además, me fascinaba el hecho de que ese discurso absolutamente diseñado a gusto y piacere sería atendido por un ávido lector que no tenía por qué dudar de mi relato. Bueno, ahora que lo pienso, ése, a su vez, podría haber interpretado un rol similar al que hacía uno. Pero entonces suponer que el otro era parte de un simulacro estaba muy lejos de mis posibilidades especulativas. Yo también me creía cualquier cosa que me dijeran, así que de última, estaríamos a mano.
Supuse que mi destino cambiaría ciento ochenta grados durante uno de los recreos cuando vi que Vanina, la chica más tetona del curso, caminó directo hacia a mí. Estaba segura y apurada. Me asusté. Pensé que venía a retarme por algo equis, pero no. Se acercó para ofrecerme un formulario y me explicó, con determinación, cómo funcionaba Pen Pal. Con razón había estado tan ocupada, llamando la atención y excitada por unos papeles durante toda la mañana. Imaginé que nunca me iba a enterar de lo que le pasaba, pero afortunadamente fui parte de sus asuntos. A los treinta segundos de la explicación me emocioné porque comprendí que podía tener un amigo en París, Nueva York, Hong Kong, Río, Beirut o cualquier otra ciudad que quisiera. Dirigí mi mirada al cielo. Enseguida me vi viajando en avión, en barco, conociendo y charlando con celebridades: el Inspector Clouseau, entrando a la Academia de Fama, yendo a un recital de Durán-Durán, adquiriendo lo último en tecnología japonesa y confirmando todo lo que ya creía saber del mundo a través de la tele y el cine. “Dale, nene, mañana sin falta traé la plata, eh”. La orden de Vanina me devolvió al patio del colegio y al bullicio del recreo. Dio media vuelta y se fue. Yo seguía en la luna, como Elliot en su bici llevando a ET.
Las maestras de mi colegio fomentaban la propuesta de Pen Pal porque según ellas servía para afianzar el idioma. Mi mamá, en cambio, dudaba. “¿Por qué no le escribís a tu tía de Bahía Blanca que le haría muy bien saber algo de vos? O a mí. Conmigo no tendrías ni que gastarte en escribir. Me decís y chau. Como nunca me contás nada podríamos aprovechar.”
A mi hermano Alberto lo del Pen Pal no lo interpelaba en lo más mínimo pero sabía que a mí sí me daba muchísima ilusión. “¿Con quién te vas a cartear? —preguntaba irónico— ¿Con B.J. o con el mono?” Se refería a una serie de tv norteamericana en la que el protagonista manejaba un camión, tenía un chimpancé como mascota y rompían todo. Alberto comprendía mi situación desesperada y no paraba de hacerme chistes. Intervino, sin que me diera cuenta, el formulario que debía entregarle a Vanina si mi mamá me daba la plata. Lo noté mucho tiempo después. Al logotipo de la empresa Pen Pal le había agregado, con birome, una letra al final de cada palabra. Una “e” a Pen y una “a” a Pal: “Pene y pala”. Un loco.
Pasaban los días y mi mamá no cedía. Ante su negativa empecé a bufar todo el tiempo y a emprender las tareas de la casa resoplando, chistando y arrastrando los pies como los viejos. Finalmente accedió. No porque yo la convenciera, sino porque se enteró que varios de mi curso ya estaban escribiendo y recibiendo cartas en inglés. Y también porque quería ser consecuente con lo que la psicopedagoga del colegio le había hecho notar de mi conducta en el aula tan introvertida y poco sociable, aunque con calificaciones aceptables. Sacó unos dólares de una cajita que guardaba en su pieza y me los dio sin titubeos. Era más de lo que necesitaba. “Anotame a mí también” me pidió. Le dije que sí pero no le hice caso y me quedé con lo que sobraba que por cierto, era bastante. Por fin podría reinventarme a mí mismo y contarle a otro lo que viví y vivía sin haberlo hecho y controlar, de una vez por todas, la fortuna de mis actos y el destino de mis aventuras. Iba a ser otro.
La última carta que le escribí a Hugh de California fue famosa. La leyó casi todo el mundo sin mi consentimiento. Cuando la volví a leer no pude creer que fui yo el que puso todo eso. “Es una obra maestra del género epistolar” exageró Alberto. Ni la letra reconocía como mía. Se ve que después de haberla firmado rimbombantemente la puse en un sobre de color y la mandé. Pero algo debe haberme distraído en ese momento, porque olvidé poner algún dato fundamental de la dirección y la carta volvió a los quince días al mismo lugar de donde había partido, justo cuando mi mamá, al borde de la desesperación, nos velaba a mi hermano y a mí, ya internados, sumidos en el más profundo y oscuro de los sueños.

II

Mi hermano Alberto sospechaba con razón que a mí me atraían los chicos —en especial un compañero suyo al que le decían Pisco— y a su vez yo estaba seguro que él tenía pasión por cualquier sustancia que lo hiciera distenderse y relajarse. Una noche, ya acostados y antes de quedarnos dormidos, nos encontramos confesándonos en voz baja nuestras predilecciones. “A mí me gustaría tanto que Pisco repitiese un par de años... Así es compañero mío y no tuyo, pero olvidate, es re-inteligente” decía yo. Y él: “A mí me encanta el Berotec”. Se refería al broncodilatador que usaba cuando lo atacaba el asma. “Lo uso para todo”. Mi mamá creía que los perdía, pero se ve que se daba muchas más aplicaciones de las necesarias. “¿Por qué no hacés que tenés asma también vos?” me propuso. Prometimos no decirle nada a nadie y auxiliarnos en caso de emergencia. Esa complicidad inexplicable entre nosotros se fue armando sin prisa y sin pausa. Cada tarde al volver del colegio, lo primero era sacarse la corbata, rebolear los zapatos, prender la tele y prepararse un Nesquick gigante. Hacíamos nuestros respectivos deberes con la tele a todo volumen hasta que uno gritaba “¡Listo!” y el otro “¡Premio!” y corríamos a tirarnos en el sillón del living. Disponíamos de toda la casa para nosotros porque mi mamá volvía casi siempre a la hora de cenar con algo comprado en el súper o en la rotisería. Empezar a probar el vino blanco bien frío o licor del bar fue algo natural para nosotros y aunque a él le gustaba tomar mucho más que a mí casi siempre lo hacíamos juntos, como cuidándonos de los locos que pudiésemos hacer, como volcarnos la bebida encima, vomitar y ensuciarnos la ropa o dejar rastros que nos pusieran en evidencia. Manejábamos un sentido de la responsabilidad que es difícil de precisar. Al principio lo hacíamos por acompañarnos, pero después nos fuimos dando cuenta de que el otro era el destinatario ideal de ese estado sonso y adormecido que nos iba ganando. Yo hablaba feliz de Pisco con los ojos entrecerrados y la boca pastosa y Alberto me escuchaba con una atención plácida, flotante y distraída. Me preguntaba cualquier cosa. “¿Por qué la gente no usa la letra emie?” La emie era una letra —parecida a la “ñ”— que Alberto había inventado para escribir camión o miércoles más fácil. También hablaba de los culmillos, que eran unos dientes filosos que le crecían en el culo a la profesora de geografía. “Se sienta en el plato y come por ahí” decía. Al final ponernos en pedo se transformó una rutina y nos habituamos de la misma manera a la que nos habíamos familiarizado si nos veíamos andar por la casa en calzoncillos. El único testigo que estuvo siempre presente y guardián fue Americano.
Reconozco que en esa época el vínculo que tenía con Alberto era muy especial, totalmente distinto al que tenían mis compañeros con sus hermanos. Hablaban de ellos despectivamente, subrayando lo idiota o pesados que podían ser. “Lo odio —me confesó una vez Ramiro, que se sentaba atrás mío—. Anoche me obligó a darle besos al trapo rejilla.” “El mío peor: cuando era chico, por querer jugar a revolearme, me dislocó un hombro” dijo Gastón. Yo, al revés. Estaba bastante orgulloso de Alberto. Claro que me fastidiaban algunas de sus actitudes. Alberto odiaba que le pidieran algo. Si le pedías el salero de la cocina te traía un repasador o cualquier otra cosa absurda, si le pedías que te alcanzara algo de un estante señalaba vagamente cualquier otra parte y preguntaba “¿Por acá?” Eso me sacaba de quicio. Pero por otro lado nos demostrábamos lo mucho que nos queríamos permitiéndonos gestos que otros no podrían ni pensar. Por ejemplo, yo no sentía vergüenza en plantarme frente a él y acomodarle un mechón de pelo fuera de lugar ni él tenía ningún problema en decirme “Ese arito no va, nene” y entonces me ponía uno que le gustaba más. Lo del arito fue todo un tema. A escondidas de nuestra mamá nos habíamos hecho un piercing cada uno el mismo día: yo en la oreja y él en la nariz. Y también nos tatuamos —esta vez con el permiso debido— un animalito distinto en el brazo derecho. Yo me hice un colibrí; él, un zorzal. Por algún motivo que desconozco nos peleábamos poco. Mis papás debieron tener un sentido muy equilibrado de la justicia porque no recuerdo haber sufrido los celos de Alberto cuando empecé a tener conciencia del entorno o después, cuando fui al jardín de infantes. Esto llamaba especialmente la atención de la psicóloga a la que tuve que ir después del accidente. Pero como desconfiaba de mi relato lo único que logró fue que dejara de contarle ese tipo de cosas. Jugar a la pelota, con los autitos o dibujar con mi hermano fueron pasatiempos que duraban eternidades y que a medida que crecimos los fuimos reemplazando por la tele, la cerveza, el cigarrillo y la marihuana. Con él supe cuánto Dr. Lemmon, Gancia y Speed toleraba mi cuerpo y fue él quien me preparó el primer Cuba Libre, algo parecido al Destornillador y un Séptimo Regimiento. Bartender decía que quería ser. A los catorce me regaló una botella de Baylis que nos la bajamos en menos de 24 horas. Ir al almacén a comprar alcohol, comprar cigarrillos en el kiosco o armarse un caño nos resultaba fácil, inofensivo y siempre oportuno. Y como nunca descuidamos el colegio, que en esa época era fundamental para mi mamá, no despertamos sospechas. Aprobar las materias, portarse bien, poner y levantar la mesa, darle de comer a Americano o no dejar la toalla del baño tirada en el piso bastaba para que mi mamá nos mirase contenta y satisfecha. Y entonces nos hacía un mimo, una caricia o nos besaba en la frente. Seguro que se acordaba de mi papá. Más con Alberto, que decía que era tal cual.

“Querido Hugh, cómo estás. Qué bueno sería conocernos. Me intriga mucho tu familia tan numerosa. ¿Cómo hacen en las vacaciones? Ayer en la tele pasaron una película cómica en la que una familia típica de allá ganaba un concurso y se iba de vacaciones por todos los Estados Unidos. Estaba buenísima. ¿Y si en las vacaciones se vienen todos para acá? Podrían aprovechar y conocer Bariloche, que es una ciudad muy bella que queda en el sur de nuestro país y que se parece a Suiza. Bueno, eso comentan los chicos de quinto año, que acaban de regresar de su viaje de egresados, y que fueron a Bariloche. Es más, dicen que es mucho mejor que Suiza. Me preguntaste por mi mamá. Bueno, es dentista y hace ortodoncia. Trabaja un montón y tiene muchos pacientes. Casi todos mis compañeros del colegio y los de mi hermano se atienden con ella. Le gusta usar pelo corto y desde que le aparecieron algunas canas se lo tiñe de bordeaux. Mi mamá se maquilla poco. Es alta y aunque está flaca se queja y dice que está hinchada. Compra revistas de las que saca dietas e ideas de decoración para la casa. La otra vez nos hizo un cartel con nuestros nombres (el de mi hermano Alberto y el mío) para colgarlo en nuestro cuarto. Lo hizo con goma eva. ¿Usan eso ustedes allá? Mi mamá tiene una hermana que vive en Bahía Blanca. Mi tía nos visita a menudo y adora a Alberto. Ella nos regaló a Americano cuando era un cachorrito. Mi mamá no es muy conversadora que digamos pero tiene algunas amigas con las que se ve los fines de semana. Sí habla mucho por teléfono con mi abuela aunque terminan siempre a los gritos y cortando de manera abrupta. “¡Hasta acá llegué!” y chau. Mi abuela nos cortaba el pelo a mi hermano y a mí cuando éramos chicos. Decía que sabía. Pero una vez se distrajo y sin querer me cortó la oreja. Sangró muchísimo. Aunque no me dolía recuerdo que me puse a llorar. Alberto en cambio se reía. Sin embargo nunca más dejó que mi abuela le tocara el pelo. Quisimos disimular la herida pero cuando llegó mi mamá se dio cuenta al toque y desde entonces sólo la dejaba cortarme el pelo bajo su estricta vigilancia. Ahora vamos a una peluquería de verdad. Mi mamá canta cuando tiende la ropa o maneja. Sabe los nombres de los árboles, las plantas y de todos los pájaros que vuelan de pasada por nuestro jardín. A mí me dice que soy como un colibrí, y a mi hermano como un zorzal.”


III

Todavía algunos me piden que cuente qué pasó la noche del accidente, esa en la que Alberto y yo nos descompusimos y terminamos internados. No lo hacen directamente, pero tiran una frase como para ver si digo algo nuevo o demuestro arrepentimiento. “¿Te acordás de la fiesta aquella cuando...?” Y yo, nada. Entero. Si no fuera por la preocupación tremenda que les provocamos a las mujeres de la familia (mi mamá, mi tía y mi abuela) no sentiría remordimiento alguno. Por suerte estoy completamente convencido que Alberto piensa igual. Él tampoco lo dice directamente, pero jamás ninguno de los dos puso en duda que la estábamos pasando bien, que no estábamos haciendo algo malo, que actuamos muy naturalmente y que fue lo más parecido a cruzar la calle sin mirar, a dejar una canilla abierta o no saludar a algún conocido en la calle. Pero no se entiende ni tiene sentido insistir. Qué manía ésta la de no decir las cosas de una.
A mi hermano y a mí se nos hizo papilla el cerebro cuando nos metimos cualquier cosa por la nariz. Y mucha. Con mi hermano comentamos el asunto mucho tiempo después. “Estaría vencida, ¿no?” sugirió desconfiado. Pero por lo visto llegamos a la fiesta muy borrachos y fumados. De eso me acuerdo porque ya era una sana costumbre entre nosotros, no hace falta que lo atestigüe nadie. Igual, los que estuvieron en esa fiesta dijeron cualquiera: que llegamos muy arriba y re-sacados. Nada que ver, todo lo contrario: si hay algo que nos dejaba hechos una seda era el faso y el alcohol. Y lo que pasó no fue porque tengo problemas de identidad, como pretende la psicóloga, tampoco porque Alberto es asmático y extraña a mi papá, y menos porque Pisco y Alejandra, una chica que le gustaba a mi hermano, nos ignoraban completamente, ni nada de eso combinado ni todo junto. Nos metimos lo que nos metimos simplemente porque podíamos hacerlo y no tenía sentido no hacerlo. Se le ocurrió a Alberto y yo lo seguí, confiado como siempre, y terminamos como el de Trainspotting. Pero no es que quisiéramos terminar así, como —otra imagen que se me viene a la cabeza— la chica de Pulp Fiction con la jeringa estacada en el corazón.
Es cierto que no tengo detalles de esa noche. Lo que sé lo sé porque me lo contaron la doctora, mi mamá y algún compañero del colegio como Gastón que me visitó después y que también había estado en el lugar. Se me armó entonces un relato hilvanado por otras personas, de manera fragmentada y llena de lagunas, como la que se tiene cuando uno habla de la propia infancia recordando las fotos que vimos repetidamente en un álbum familiar. De todos modos me vino bien escudarme en esa maraña para contar o no lo que se me diera la gana. De la internación, nada. Supe que nos habían alimentado por suero, limpiado por dentro y examinado las pupilas un millón de veces. Como siempre, Alberto se despertó primero y yo lo seguí exactamente 24 horas después. Sí recuerdo que una vez conscientes nos recuperamos enseguida. Mi tía, la de Bahía Blanca, se instaló una temporada con nosotros y en complot con mi mamá nos vigiló como un satélite, permitiéndonos fumar cigarrillos comunes en cantidades controladas. Yo dejé de fumar al toque, y ninguno de los dos volvimos a tomar alcohol durante un buen tiempo. Para la Navidad siguiente mi tía había comprado sidra y cerveza sin alcohol pero por suerte mi mamá, después de pensarlo mucho, nos dejó brindar con champagne Monitor. Se produjo un silencio sepulcral en ese momento. Nuestros parientes nos miraron como si fuésemos a tener un brote psicótico. Mi abuela hablaba sin parar de nuestra asombrosa recuperación con tono bíblico, y para mí, una vez más, las cosas sucedían sin que las notara, como sin esfuerzo, como lo más bien, sin dificultad alguna. Volví a fumar marihuana mucho tiempo después, en un recreo de la facultad, mientras cursaba el CBC, en un contexto en el que Alberto no estaba, y que sin embargo, fue su imagen lo primero que se me vino a la mente cuando me pasaron la tuca. Cuando ya, fuera de peligro, volvimos a casa mi mamá no nos retó ni dijo nada. Mi tía tampoco. Igual se pusieron pesadas: nos besaban todo el tiempo y a la hora de cenar o en el desayuno nos hacían algún test que sacaban de sus revistas para verificar que no habíamos perdido reflejos o que podíamos coordinar sin dificultad. Mi mamá nos desafiaba: “Pepe Pecas pica papas con un pico...” A mí me cambió de colegio y durante varios meses tuvimos que ir a terapia dos veces por semana. La psicóloga se volvió un personaje familiar y aunque no teníamos nada específico contra ella nos embolaba tener que ir a charlar de cualquier cosa. Yo me refería a ella mordiéndome el labio inferior y poniendo los ojos para atrás. Alberto, en cambio, lo hacía de manera menos sutil: se ponía la mano en forma de pistola en la sien y simulaba pegarse un tiro de cada lado. Tardé un poco en dejar de extrañar a Gastón, a Vanina pero más aún a Pisco, con el que tenía un metejón sideral.
La fiesta en cuestión fue en lo de Rodrigo, un compañero mío que se había incorporado en sexto grado. Como los padres iban a pasar el fin de semana afuera invitó a todo el mundo. Yo extendí la invitación a mi hermano. La idea nos entusiasmó muchísimo porque nunca se hacían fiestas así y lo que casi siempre pasaba era que Alberto se juntaba con algunos compañeros y salían a tomar algo en un bar y hacían tiempo hasta ir a una discoteca. Pero como decía, casi siempre lo rebotaban y volvía a casa o a la de cualquiera de sus amigos y seguían ahí, rancheándola. Yo no iba porque era muy chico y se me re-notaba que tenía catorce. Pero no me importaba y simplemente esperaba a que mi hermano volviera. Ponía la tele o algún disco y me bajaba fácil un par de cervezas que teníamos escondidas en la heladera del galpón, adentro de unos tuppers. A veces Alberto y sus amigos anclaban en casa, y estaba bueno porque más de una vez vino con Pisco y me daba ilusión verlo y estar con todo ese grupete. Fumábamos, chupábamos y hablábamos del colegio. También veíamos alguna película de terror o jugábamos con las cartas al Jodete, al Chancho y al Culo sucio. Apostábamos plata, cassettes y cualquier pertenencia. Yo era más de las prendas: hubiese querido tener que besar a Pisco, pero no se zarpaban tanto. Pero ese famoso viernes el hermano mayor de Rodrigo, que estaba ya en la facultad organizó esa fiesta y dejó que fuese cualquiera, y ahí estábamos nosotros, entusiasmados porque por fin había planes un viernes a la noche. Fuimos, sí, pensando que estarían Pisco y Alejandra, pero también porque irían varios de nuestros compañeros, que dicho sea de paso se portaron súper mal porque después dijeron cualquiera y no se hicieron cargo de que también querían darle al polvo de estrella. Eso queda bien demostrado por la nutrida vaquita que armamos entre todos para comprar la equis pala. Así que no la careteen. A mí me llamó la atención el tono con el que se expresaban: parecían frases sacadas de una campaña gráfica hecha por la Federal que estaba pegada en las carteleras del colegio. “Que nos pegue con todo” decían o “Vamos a flashearla” o cosas así. “¡Hacete un fumo!” propuso uno que no tenía ni idea. Nadie de nosotros había tomado antes. Bueno, obvio que el hermano de Rodrigo y sus amigos sí; pero Alberto y yo, no. Los más grandes, amontonados en el baño decidieron quiénes iban a encontrarse con el contacto de uno de ellos. Alberto, que se había ofrecido, salió sorteado. Y otro chico, más grande, un tal Juanjo, también. Con la plata que se juntó se fueron en taxi hasta un lugar lejísimos. De todo eso no me acuerdo nada. Apenas tengo algunas frases o imágenes como las de un flashback. Yo me quedé fumando en un sillón, pidiendo cigarrillos a cualquiera que pasaba y miraba a Pisco desde una distancia prudente por temor a que se notara. Mi hermano y el otro no volvían y los temas de música pasaban y pasaban como las personas y los puchos a mi entorno. “Ché, ¿qué onda tu hermano que no viene?” habrán preguntado, y yo habré levantado un hombro. Según Gastón, que estaba más informado que yo, en algún momento la cosa se puso densa porque el taxista los llevó re-lejos y la dirección estaba mal, así que después de varias llamadas que hizo ese Juanjo desde teléfonos públicos tuvieron que ir hasta otro lugar y aunque finalmente dieron con el objetivo, el tal Juanjo no volvió a la fiesta y lo dejó en banda a mi hermano, que se ve que no entendía ni jota lo que pasaba. El asunto es que Rodrigo me despierta y me dice que me tengo que ir, que ya era de día. Apenas distinguí otras figuras saliendo conmigo a la calle, totalmente fisurados, contrastando con el sol brillante del día. No conocía a ninguno. Nos fuimos caminando despacio y torpemente, como hacen los bebés cuando empiezan a andar o, mejor, los zombies cuando están hambrientos.
Y entonces, en el horizonte, apareció mi hermano. Lo reconocí de inmediato: tenía su buzo con capucha y ese modo de andar con los brazos cruzados y presionando el pecho. Surgió como la mañana misma, caminando por el medio de la calle desierta, iluminándolo todo. Me contó su rally que no recuerdo para nada y nos fuimos a la plaza que quedaba camino a casa. Nos sentamos. Supongo que sacó la bolsita y me habrá dicho “Se hace así” y se dio un saque primero él. “A ver”. Y después me dio a mí. Debió haber llevado su mano a mi nariz con una ternura divina, como mostrándome una mariposa herida, un lente de contacto o una estampilla de 1810. Inhalé todo lo que pude y el filo de un vidrio me abrió el cerebro en dos. No importó. Repetimos la operación varias veces hasta que no quedó nada y finalmente nos miramos como si nos hubiéramos bajado, de un bocado, un alfajor triple de dulce de leche. Sonreímos satisfechos. Creí verle a Alberto la boca llena y los ojos chiquitos. Moqueamos un poco. Nos quedamos un tiempo ahí, mirando lo que pasa en las plazas los sábados a las siete u ocho de la mañana. Alguno que corre o hace gimnasia, alguien que va a comprar pan, algún perro, no sé, son suposiciones. Volvimos a nuestra casa y Americano nos recibió feliz. Los tres nos tiramos en la cama, agotados. Bueno, Americano, no. Nos olfateaba. Yo apestaba a cigarrillo. Me picaba la nariz, los cables que van al cerebro, algo a lo que no podía acceder. Pensé en Hugh, mi pen pal. Hacía mucho que no tenía noticias suyas. Hubiera querido que estuviese con nosotros, disfrutando de una fiesta típica de acá. Traté de mirar a mi hermano, quería decirle algo, pero no pude: mi cabeza se apagaba como un fósforo. Después, lo que sigue, ya se sabe.

IV


Dear Hugh, gracias por tu carta. Ya casi pensaba que nuestra relación se había cortado, y me puse tan triste como Mary Ingalls al descubrir que está ciega y prende fuego el granero. Menos mal que escribiste, porque las novedades que hay por acá son muy importantes, o sea, como se dice acá, grosas. Esta noche mi hermano me va a llevar a conocer a su familia. Pero no es nuestra familia. Es su familia. Con un tono misterioso y lleno de rodeos me dijo que es como una familia distinta a la que tiene acá, en nuestra casa. Yo le pregunté si era como una pandilla y me dijo que sí. Americano, nuestro perro, no puede ir. Dice que ya está viejo. Yo le dije que todas las bandas tienen una mascota. “Bueno. Lo voy a pensar” me dijo. Yo, aliviadísimo. Adoro a ese perro porque siento que a veces me habla, como Superman, el perro de los Parchís. No creo que los conozcas. No importa. Los amigos de mi hermano se encuentran en unos almacenes abandonados cerca del puerto. Son lugares oscuros y muy peligrosos. Seguro que algunos de los miembros de su banda van a ir en moto. Yo estoy aprendiendo, pero como todavía no tengo dieciocho... Le falta tanto a este país. En fin. Esta semana estuve súper ocupado. Mi hermano Alberto también. En el colegio echaron injustamente a Idelba, la profesora de Dibujo por habernos enseñado a luchar por nuestros derechos. Dijo “¡Tema libre!” y mi hermano me dibujó a mí besándome con Pisco, un compañero suyo muy popular y que se parece a Bo, el rubio de los Duques de Hazzard. Era un dibujo bastante burdo, pero igual se armó un escándalo desmedido. Las figuras eran reconocibles por algunas características básicas, pero lo innegable era el nombre que indicaba claramente que uno era Pisco y el otro, yo. Pisco enseguida se le fue al humo y casi lo mata, aunque Alberto se supo defender. Es cinturón negro, blanco, amarillo y de otros colores. Cuando me enteré que se habían agarrado a las piñas no sabía a quién apoyar. Pero como un hermano es un hermano, tuve que estar de su lado. Sin embargo la atención cayó sobre la pobre Idelba, que fue acusada de descontrolar el aula y no mantener la disciplina. A mi hermano, que le va re-bien en Dibujo —es la única que en que le va re-bien—, se le ocurrió organizar con sus compañeros una serie de festivales para recaudar fondos y pagarle a un abogado que la defienda contra el juicio que ya está planeando contra el colegio. Aparte: ¿Existe un nombre Idelba o similar en Estados Unidos? Acá es rarísimo. Sigo. Las cosas arden porque encima, antes de ayer, fuerzas de inteligencia raptaron a Alejandra, una compañera de mi curso y trascendió que los secuestradores pedían un rescate fabuloso. Por eso mi hermano y yo decidimos hacer la nuestra, buscar pistas y ayudar a la familia de Alejandra. Alberto está enamorado de ella, no hay dudas. Es divina, es cierto. A mí ni me registra, pero no me importa porque quiero que le preste atención a él. Cuando se entere que anduvo en su bici por todo el barrio entrevistando gente y otros sospechosos, se va a enamorar de mi hermano. Todo esto justo cuando las cosas en casa estaban bien difíciles. Había que conseguirle los remedios oncológicos a mi mamá. ¿Te dije que tiene una enfermedad fatal? El farmacéutico de la otra cuadra, que le trae los remedios a mi mamá, decidió remarcar los precios como si viniese el día del Juicio Final. Por eso, con mi hermano, una noche, entramos a su negocio vestidos de negro y con linternas, y después de esquivar las alarmas laser que estaban por todo el local, nos llevamos los medicamentos para nuestra mamá, que a las veinticuatro horas de haber tomado las pastillas ya se había salvado de la muerte. Antes de irnos tachamos todos los precios de los otros remedios y les pusimos “Gratis”. Al día siguiente la gente hacía cola para entrar y al farmacéutico lo dejaron en bancarrota. Mi mamá nos felicitó por lo bien que habíamos actuado y el sheriff del partido, también. Sí, acá también hay sheriff, pero se le dice comisario. Ya nos conoce: fue el que tuvo que disculparse ante mí y mi hermano cuando nos tomó por ladrones. Fue el año pasado, cuando nos metimos a una casa embrujada que es famosa en el barrio y a la que entramos para develar un misterio. ¿Podés creer que una lamparita de la buhardilla estuvo prendida durante más de una década en una casa deshabitada? Todos pensábamos que era una maldición, un hechizo o cosa de fantasmas. Pero no. Habrás notado lo audaces que somos, ¿no? Ah, me olvidaba: estoy ensayando con mis compañeros unos pasos de baile tomados de Thriller, que vamos a presentar en la fiesta de egresados este año, con la ropa de los muertos-vivos y todo el maquillaje correspondiente. Adoramos a Michael Jackson. Por casualidad, ¿no lo conocés? ¿No vive en California, o cerca? Dicen que es amigo de todo el mundo. Acá dan en la tele un programa de videos que se llama Michael Jackson y sus amigos. Pasan videoclips de Madonna, Cindy Lauper, A-ha... todos sus amigos, según dicen ahí. Y siempre pasan Thriller, que es el tema que vamos a hacer nosotros. La coreografía es exacta-exacta. O bueno, muy similar. Aunque ya tuve dos fracturas por excederme en los intentos, por fin me sale el paso de la caminata para atrás. No te rías, no soy muy ágil, pero cuando me lo propongo, ya ves. Nos anotamos para presentarnos en un concurso regional y estamos seguros que este año la copa de oro será para nosotros. Quién te dice que no vaya a visitarte a California un día de estos. No es cuestión de plata, eh. En mi familia acabamos de recibir una fortuna gracias a una herencia de una tía hipermillonaria que ni sabíamos que existía. Nuestro destino cambió desde entonces. Pero como no somos de ostentar, vamos a donar buena parte a un comedor infantil. Mi hermano pretendía empapelar su habitación con billetes de cien, pero por suerte entró en razón y se compró una fotocopiadora, multiplicó con ella los billetes y los pegó uno al lado del otro en las paredes de su cuarto. Para parecer más austero, usó los de cincuenta. Es así, no tiene remedio. Bueno, sí, el Berotec, del que abusa un poco. Ojo: no creas que Alberto es un limitado por el asma, al contrario. Cuando se le cierran los pulmones entra a respirar como un poseído y, lejos de ahogarse, pareciera como si estuviese llenándose de nafta, pólvora, titanio o no sé, algo así y cuando está a punto de explotar, por ejemplo, en la clase de gimnasia, lanza la bala o la jabalina logrando marcas para el Guinness. Salto en alto, salto en largo, carreras, lo que quieras, mi hermano es un as. El año pasado llegó a estar a la altura de Pisco, el capitán del equipo y el mejor en todos los deportes. Es el que te había mencionado antes. Pero Pisco es un superhéroe, un caso fuera de serie. No se lo puede comparar con nada. A mí me están pasando cosas extrañas en el cuerpo. Por momentos me agarra una picazón tremenda y no paro de rascarme. Alberto dice que es mugre, pero para mí es otra cosa mucho más complicada: algo me debe haber afectado en la clase de química la semana pasada cuando desobedecí a la profesora mezclando cualquier cosa. Sin duda absorbí gases tóxicos que, dada mi genética tan particular, están produciendo alteraciones en mi piel, en mis extremidades pero también en mis facultades sensitivas. Oigo más, veo más, huelo claramente lo que está a kilómetros de distancia y eso me da un vértigo y un mareo notables. Mmmm... Creo que puedo verte, Hugh. No, por más que lo intente, no da. Hay demasiadas cosas entre nosotros: países, paisajes, cordones montañosos... ¿Me estaré convirtiendo en un transformer, en un hombre nuclear? Ojalá. Empezaría por ordenar el cuarto. Cualquier novedad te mantengo informado. Un poco más de fuerza me vendría muy bien. Sobre todo para traer las bolsas del supermercado.
Guau, dear Hugh. No puedo creer que haya escrito tanto de una y sin parar. Y encima en inglés. Ojalá hayas entendido cada palabra. Mi mamá dice constantemente que ese colegio cuesta una fortuna y que por lo que paga deberíamos escribir como Shakespeare. Y yo todavía que confundo el has y el have. A mí los idiomas me encantan. Quisiera hablarlos todos, para entenderme con todo el mundo. Con los egipcios del pasado, los chinos, los de la Atlántida o con los sordomudos, que hablan con las señas. Incluso con los extraterrestres. No creas que ellos sólo aterrizan en tu país. Acá también pueden venir. Una vez me pareció ver a uno en el jardín, pero no sé. Habría que ver dónde estacionó la nave. En este país te hacen una multa aunque se trate de un plato volador. Recuerdo que me desperté una noche, fui a la cocina, abrí la heladera para tomar una soda y escuché un sonido del espacio: era como un soplido continuo, gélido, monótono y seco. Americano, inquieto, me señaló el parque. Viste que te dije que el perro me habla, ¿no? Algo pasaba en los arbustos del fondo. Yo, así como estaba, en slip, fui. Si nos comunicamos deben haberme hecho olvidar todo con algún poder galáctico. Porque te borran la memoria al toque. No les gusta para nada que te acuerdes de ellos o de lo que hiciste. Manías que tienen los aliens. Ellos son así, muy de vivir el puro presente.
No me calienta, Hugh, qué querés que te diga. No creo que vengan a invadirnos. ¿Para qué? Si quisieran, ya lo hubiesen hecho y seríamos lagartos. Eso pasa en las películas nada más. Como lo del fin del mundo. ¿Vos lo creés? Igual, te confieso que con mi hermano al lado me siento preparado para cualquier cosa que venga.
Tal cual. A él y a mí, así, no nos para nadie.
Love, your Pen-Pal.


Buenos Aires, agosto 2017

Ávida

Para Dani Leber, con afecto.

"Y de pronto te alza, te lanza, te quema
hace luz en tu alma, hace fuego en tus venas
y te hace gritar al sentir que te quemas
te disuelve, te evapora, te destruye, te crea...
El amor, Massiel


Querido Simón. Ya sé, ya sé. Me estoy adelantando a los hechos. Y bueno, es también para que me vayas conociendo. Este aspecto es parte fundamental de mi personalidad, que se entienda bien, fundamental. Soy atolondrado, ansiosa... pero no una histérica cualquiera (sí, con a, después te explico). No confundamos. Ávido de algo es una cosa; no saber de qué, es otra. Yo sé lo que quiero, sé todo lo que puedo llegar a querer a alguien y también lo que necesito. Soy muy ávida. En un antro al que iba cuando empecé con todo esto que soy ahora, una amiga mía se hacía llamar María Ávida. “Ávida María, para usté”, decía ella trágica cuando alguien le dirigía la palabra con mala energía. Yo pensaba que ella era así todo el día y no sólo cuando se subía a la tarima. Que iba a hacer las compras así, con vestido de noche, y cuando le decían “Gracias, señorita” ella respondía a los gritos “Ávida María, para usté”. Pero qué va. ¿Qué sería hoy de la vida de María? Ni idea. El sueño de ella era ser, también, aeromoza. Me la imagino por los cielos, uniformada con el trajecito azul de dos piezas, culona, de rodete, empujando con gracia ese carrito compacto lleno de viandas entre los pasillos de un avión de una línea caribeña. Porque para eso sí que tenía el physique du rôle ella—se escribe así, dice Google. Una diva, la veo. ¿Ves como soy? El delirio éste que tengo no tiene comienzo ni va a tener final, porque también, sabelo, deliro un poco. Y por eso, antes que avancemos, necesitás saber todo lo que tengo que advertirte. No te asustes, no va a ser larga la cosa. A veces pienso qué hubiese sido de nosotros si me conocías en esa época de antes, cuando hacía otro tipo de espectáculos, con más tacón, corsé y peluca. A vos te imagino de figurante, de bailarín de show, haciendo los números que hacés en la calle pero con María Ávida, La Rimel o Gran Gút, hoy todas en el más allá. Y pienso que nos cruzábamos en los pasillos yendo al camarín. Bueno, camarín lo que se dice camarín, no, porque esos lugares no tienen, pero en el baño, ponele, que se transforma, como todo lo de ahí, en algo que no es, pero con onda y fantasía. No sé si me hubieras avanzado como lo hiciste hace un rato en la calle, la verdad. Porque ahí una estrella como vos y otra como yo no se atraen en lo más mínimo, al revés, sacan chispa, viste. Así que mejor no pensar por ese lado. Pero te figuro de bailarín, algo así. ¿Puede ser? Seguro que bailás bárbaro.
Vos pensarás que no te conozco. Es verdad, pero en parte, nomás. Te veo y al toque te saco la ficha. Tengo una práctica que podría dar cátedra. Es verdad que me equivoqué fiero algunas veces. Y es cierto que esas veces que me equivoqué fueron muy importantes, porque pensé que esa gente era para toda la vida, pero después, para todo lo demás, nunca fallé. Pero ahora, con distancia, entiendo que era una negada: que no quería ver los indicios de lo efímero que podían resultar esas personas, que claro, prometieron amor para toda la vida y, se sabe, cuanto más prometen, menos cumplen. No me prometas nada vos, eh. Nada de futuro en tus labios, Simón. Si habré llorado, mirá. Lo que habré gastado en colirio, nene. Seca estoy. Me pasó con el hijo de una amiga de mi mamá a los 12, con un compañero del secundario a los 16, con el que hacía la colimba, ¿cómo se llamaba? Bueno, con el colimba ese. También con el sonidista del Pozo Voluptuoso, y con el hijo de la boletera de Pecado’s. Ah, me faltaba con el chico del 8º, cuando vivía en Caballito. Me dijo que era soltero y nada que ver. Cuatro críos tenía ya el desgraciado. Igualitos al padre, por suerte. La que me señalaba como su hermana terminó siendo la mujer. Un monstruo ella. Bueno, él también, pero qué fuerte que estaba. Yo notaba algo raro en ese vínculo. Con razón. El asunto es que con todos esos me enganché súper mal, pero en fin, si supieras la actitud que tuvieron al principio. Reyes. Cualquiera se engancha así. Regalos, agasajos, pizza en Banchero y bingo. Y eso que, por ejemplo, el soldadito no me gustaba casi nada al principio, eh. No fue amor a primera vista. Ni ahí. La remó y mucho la trabajó para que terminara enganchándome. Pero al final... flor de atorrantes todos. Vos no vayas por ese lado, eh. Que enseguida me gustaste. Me encantó esa forma en que me encaraste, tan directo y sincero que casi no reacciono. Un shock. Menos mal que la neurona se activó y me hizo sonreír ante tu piropo, que estuvo muy bien por cierto. ¿De dónde lo sacaste? En general son guarangadas los piropos. El tuyo no. Un poema resultó. Fue lo primero que me dijiste. ¿Te acordás? ¡Qué te vas acordar! Desmemoriado. Ves: ahí tenés una. Yo voy a vivir, entendelo bien, voy a vivir de esos gestos tuyos. Y voy a construir castillos con eso que me digas o me des a entender. Así que ojo con el pico de acá para adelante, nene, porque me podés hacer re-mal si no te medís conmigo. Controlate, eh. Podés dar rienda suelta a la imaginación, sí. Pero mirá que soy muy sensible. Y más con la edad.
Ya con los malabares que te vi hacer ahí en la senda peatonal, querido, te ganaste el billete. Muy bueno, en serio. Un Cirque du Soleil. Mirá que yo conozco algo al respecto. Qué agilidad en la perfomance. Ah, pero lo que vino después, cuando te viniste a la ventanilla. “Con vos estoy muy enojado” me dijiste. Yo debo haber puesto una cara. Nene, qué manera de empezar. “Sí, con vos”, seguiste apuntándome con el dedo. “Anoche, en la caja de bombones que tengo en mi mesita de luz, en vez de una docena, sólo encontré 11”. Pensé que me ibas a acusar de haberme afanado un bombón. Un loco. Pero no. El remate fue otro: “¿Quién te dio permiso para salir?” Y ahí reaccioné, por suerte. Te confieso que casi no lo entiendo y me lo pierdo, porque soy un despiste, pero como te decía, reaccioné con esa sonrisa que heredé de mi mamá que sé que es pura gracia y mueve montañas. Y entonces, de la nada, sacaste la flor. Atrevido. Qué caballero. “Hágase cargo de lo que dice, saltimbanqui” dije agarrándome la flor con un entusiasmo de colegial. Vos seguías sonriendo. ¿Te la esperabas? Eso lo aprendí en teatro de improvisación, que hice mucho cuando era más joven. Hay que ser rápido, viste; ingenioso, ocurrente, enseguida ponerle chispa. Yo tengo eso. No sé si te lo imaginabas. No creo. Frunciste la boca, como que me ibas a decir algo y te quedaste mudo. Pichón. Por suerte te ayudé a salir del apuro preguntando “¿Te puedo tutear?” Y antes de que el semáforo se ponga verde, me dijiste que sí y que te llamabas Simón.
Ay, te hubiese dado la billetera entera si era por mí. Pero los documentos, el carné, la tarjeta del súper... Ya perdí mil veces todas esas cosas y tengo que prestar más atención con las pertenencias, porque después vivo haciendo duplicados. “Pará que me acerco a la vereda y busco algo.” La verdad, te lo habías ganado. Te di plata, la estampita de la Guadalupe y hasta la granadina que me había comprado para mí. Todo es poco. Te hice reír, ¿no? Es que soy así: pura bondad cuando me tratan con afecto. Una lassie.
Las cosas buenas son como las malas: vienen así, de golpe. Por eso hay que estar espabilado y no perderse la oportunidad de que un día cualquiera sea el día. Y vos apareciste de repente en ese semáforo que ya es para mí más importante que el obelisco.
Te aclaro ya mismo que el auto no es mío, eh. En el momento tuve que mentirte, diculpame. Es que ante tu pregunta, bueno, salió lo que salió. “El coche, la ruta y el destino me pertenecen, niño”. Es una mentira chiquita, piadosa. Vos me entendés. A la gente le encanta que uno tenga auto. La verdad es que no tengo ni pienso tener. Bastante me costó sacar el registro. El auto es de mi hermano. ¿Tenés familia? Tengo un hermano más grande que se llama Alberto. Ojo. En realidad me parece que es medio hermano. Digo yo, bah. Nada que ver conmigo. Cero arte él. Pero es bueno tanto como puede. Debe ser la culpa. De chico era malo, malísimo. Esta marca que tengo acá en el brazo me la hizo él cuando éramos pibes. Estábamos jugando. Me dijo que iba hacerme un tatuaje con una birome. Un Bart Simpson me iba a dibujar. Yo estaba feliz con la idea. Y de pronto sentí un dolor agudo y entré a los gritos pelados. Cuando miro me había clavado la bic. Dios mío, qué bestia salvaje mi hermano. Casi me desangra. Imaginate la locura que tenía. Los celos, pobre, lo hicieron así. Después se calmó. ¿Sos celoso vos? Ojalá que no, porque los celos carcomen el alma y se sufre muchísimo. Mirá mi hermano. Vos sos chico todavía... bueno, no tanto. Ya tenés pelo en todos lados, ¿no? Apenas menos que yo debés tener. Igual no importa. A lo que voy es que los chicos de ahora no son celosos. Por suerte son más evolucionados en todo. Están re-avivados. No tienen prejuicio. Yo soy algo chapado a la antigua. Me gusta que me celen un poco. Un poco, insisto. Ser celoso es como querer poseer todo. Alberto era así. Ahora no. Cambió. La mujer y las nenas lo cambiaron. Tengo dos sobrinas que son dos soles, te juro. Es lo mejor que hizo Alberto en toda su vida. Mi mamá estaría orgullosa de él. A veces, cuando tengo que llevar las cosas para un número, me presta esa nave que tiene en la que me viste. Pongo los bártulos en el baúl y listo. Voy de acá para allá y de allá para acá. Estoy armando un número en El Averno, ¿conocés? Bernardo de Irigoyen y Brasil, antes de pasar la autopista. Bernardo, ojo, no Hipólito; no te vayas a equivocar. Bernardo, como el de Bernardo y Bianca o Bernardo el del Zorro. Fijalo. Yo hago así. Fijo relacionando cosas que nada que ver pero que se tocan en un punto. Ponele: para acordarme de comprar yogur pienso por separado: yo - gur. Gurú, pienso. Entonces, en el súper, como gurú es una palabra especial, rara de olvidar, la digo, y al toque me viene el Yo y armo yo-gur. Ahora si es de vainilla, bebible o de otra índole es más complicado. Es cuestión de práctica. Funciona. Cuando me pases tus datos, te hago entrar gratis al Averno. Seguro que te va a encantar. Es algo nuevo lo que estoy preparando. Ah, sorpresa. Pero avisame cuando vengas, así le pongo una sobredosis de fantasía al show y te mando algo para tomar a la mesa y te miro un poco. A lo mejor hasta te dedico un tema. Podríamos armar algo juntos, ¿no? Vos con tus piruetas y malabares, yo con mis payasadas. ¿Sos de ensayar? Yo soy muy constante, te aviso. Y enérgico. A la mañana, apenas me levanto, entro a los gritos “¡Al ensayo, vamos todos al ensayo!” Me lo digo a mí mismo, pero es para tomar coraje y arrancar el día de buen humor y con actividades. Si no, me agarra una fiaca brutal y me quedo entre las sábanas hasta las tres de la tarde. Pero si empiezo así, nada. Energía pura soy. ¿Te imaginás despertándonos juntos vos y yo? ¿Y preparando un número? Te confieso que ese es mi sueño. Tener un novio que sea mi novio para todo. Ya sé que es un imposible, pero bueno ché, no puedo dejar de soñarlo. Además, quién sabe, ¿no? A lo mejor es un sueño tuyo también. Ahora que lo sabés, te animás y agarrás viaje. ¿Vos sabés manejar?
Ya te habrás dado cuenta que soy artista. Actor de varieté, para ser exactos. Desde los diecinueve. A lo mejor oíste hablar de mí o me viste alguna vez. En una época me hacía llamar Maxi Max. Pero el dueño de un kiosco me dijo que no podía usar ese nombre artístico porque él ya lo tenía en su local desde hacía varios años. Y que lo perjudicaba, que a lo mejor le decían que lo habían visto a la noche, actuando por ahí. La gente es tremenda. Hago playback, stand-up, mímica... Hasta salí en la tele. Estuve en el Videomatch con Tinelli y después con la Roccasalvo. Es verdad que no gané nada, pero vieras todo el trabajo que tuve después de eso. Cena-show, cumpleaños de quince y despedidas de soltero. Vos sabés de qué va el asunto, porque lo tuyo es del ramo también. ¿Sos clown? ¿Hacés telas? Acrobacia con telas, digo, ¿sabés? Yo hice un año entero cuando tenía 22, pero no era lo mío. No puedo mantener el eje. Me salgo. Para la muestra de telas tuve que hacer el tirabuzón y no sé por qué se aceleró la cosa, no pude regular y chau, me mareé y lancé todo. Un asco. No sabés cómo quedó la tela. Igual que no me digan nada porque eso suele pasar. Nunca lo dicen. Pero soy el único que confiesa siempre. Seguí haciendo unos meses más, pero sólo me dejaban correr haciendo ochos, sosteniendo la tela bien arriba a modo de cinta larguísima que no tenía que tocar el piso. Igual lo hice para explorar. Siempre hago una capacitación. Estudio mucho yo. Ahora estoy en un taller de poesía. Me tengo que expresar constantemente, ¿entendés? ¿Te gusta leer? Te digo la verdad, no leo mucho. Pero leo cosas importantes que cultivan la mente. Antes era Dolina. Ahora me encanta Rolón y retomé a Luisa Delfino, que era la favorita de mi vieja. De ahí saco personajes para mis números. Algunos son mujeres y me maquillo. Vieras con qué arte. Por eso se me pegó una manera de hablar y ya ves, no distingo género. Como que me da lo mismo. Además, aprendí que hay algunas palabras que suenan mejor en femenino y otras con o de varón. A ver, te tiro ejemplos... Rubia va con a, siempre. A mí sale: “El chabón de ahí es rubia” o “ese policía es rubia”. En cambio, guacho va siempre así en masculino. La mujer de la panadería, que siempre se queda con el cambio, “es guacho”. Oscuro también, va siempre con o final, más allá de lo que aluda. Y al referirme a mí mismo hago igual. Soy histérica (con a) y un loco (con o) al mismo tiempo. Después me van a salir más casos. Te juro que enseguida te acostumbrás.
Podía hacer un número pensando en vos, a lo mejor, Simón. Podría imitarte. Hago buenas imitaciones, guarda. En una época y en ciertos ámbitos era lo que más me pedían que haga. Pero en general eran personajes con energía negrísima los que más pedían, por eso, de a poco, dejé de hacerlos. Ahora busco más en las publicidades de la tele o en los diarios, o en las revistas que traigo de la peluquería. Por ejemplo, ahí recorté una nota que dice que en Miami está de moda hacerse un corte de pelo con la forma de la cara de tu personaje favorito. Y hay una foto de uno que se hizo, en la nuca, la cara de Michael Jackson. Entonces es como que va por ahí con dos caras: la suya adelante y la de su ídolo en la nuca. A mí me asombran esas cosas. Yo no sé cuál me haría. Marilyn, puede ser. O Laura Ingalls. ¿Vos?
Igual hay que buscar mucho. Y leer cosas serias, también. Porque a lo mejor un día te surge un número de algo trágico, como una vez que leí Azabache. ¿Lo leíste? Es larguísimo. Pero bueno, de todo puede salir algo, ¿no?
A vos te leería lo que quieras. Tengo excelente declamación. Eso lo digo con orgullo. Te recito cualquier cosa. De chiquito leía muy bien. Bueno, en realidad ese es mi fuerte. La memoria y la declamación. Los números los armo a base de esas dos cosas. Busco letras de canciones y las leo en voz alta sin la melodía y entonces les encuentro otro sentido. Todo es según la entonación que le dé. Yo empecé con la doble cassetera armándome pistas para actuarlas encima. Ahora lo hago con la computadora. Ésta que tengo ahora la compré en Garbarino hace unos años, con lo saqué de una publicidad que hice para Argencard —ya te voy a contar esa aventura. Te la presto cuando quieras. Tengo Netflix en la compu. Podemos ver una película nueva ahí. Venite un día a mi casa y vemos qué hay. Prendo la sanguchera que me regalaron para mi cumple y hacemos unos tostados de queso y vemos Netflix. ¿Cómo te manejás con la tecnología? Vos tenés un flor de celular, turro. Te lo ví. Alto celu te conseguiste, eh. ¿Es de la NASA? Tiene de todo ese modelito. Cuidalo. Que no te lo rompan las clavas. El mío es de 1810. Ni whatsapp tiene. No importa, mi sobrina me dijo que se le puede instalar el Candycrush, al que soy adicta y experta. Si jugamos, te gano. ¿Qué apostás?
¿En serio va eso que te gustaría conocerme? Bueno, más te vale. No lo puedo creer pero sé que es verdad. Empezaste vos, eh. Remember. Además, ya es tarde. Yo estoy volando por las nubes de Beirut. En una tarjeta aparte te anoté todos mis datos, con letra bien chiquita pero clarísima. Urgente vas y te lo plastificás, nene, así no los perdés. Ponela con la SUBE. Viste la fecha de nacimiento, ¿no? Soy de escorpio. Obvio. Me parece que vos también. Me juego la cabeza a que sos escorpiano, Simón. Simón-Simón, el escorpión. Te va. Ay, ya me duele la mano de tanto que va escrito. Se me tuerce la letra y vas a pensar que tengo un problema de dislexia. Un horror.
Ah, antes de devolverle el auto a mi hermano me voy a sacar los lentes de contacto. Así me ves de mi color verdadero. Esa es la prueba de fuego. Los verdes me quedan mortal, ya sé. Los uso siempre, hasta para dormir. Pero mi abuela, que Dios la tenga en la gloria, me dijo que mis ojos son más hermosos que cualquier par de zafiros, que son dulces e intensos como los caramelos media hora, que no los reniegue y que con ellos, si quiero, el mundo es mío. Dios lo quiera. Ya es hora.
Y listo. Ahora que ya está todo dicho, pongo esto en un sobre con tu nombre y me mando de vuelta a esa esquina donde nos conocimos, rogando que todavía estés ahí, radiante como te vi hace un rato, para dártelo y que sepas, de puño y letra mía, como soy y todo lo que podríamos llegar a ser si salís conmigo.

      

Buenos Aires, abril 2017




El arte

“Arte es todo lo que los hombres llaman arte”
José Jiménez, Teoría del arte. Tecnos, Madrid, 2002.


Lo que me llevó a dedicarme al arte, tanto en su dimensión práctica como teórica, fue un proceso complejo, tan difícil de determinar como el término mismo.
Que el arte no es lo que supuestamente es lo aprendí con mi abuela cuando me llevó al centro a ver una obra de teatro al General San Martín. Creo que fue la primera vez que fui al teatro de verdad, porque intuía que las representaciones que se hacían en el jardín de infantes o en los actos escolares eran simulacros de simulacros, copias de otras copias que sonaban a pretensión, a falso o sustitución. Sentía lo mismo que al encontrarme con el Hombre Araña en un cumpleaños o al observar los personajes de Disney pintados en la calesita de la plaza. Sin embargo debo reconocer que las funciones esas me entretenían con locura y las disfrutaba de principio a fin. Es más: solía aplaudirlas con una euforia desbordante y la señorita me tenía que pedir que me calmara. La obra que íbamos a ver era un sainete español aclamado por la crítica y con reconocidos actores de la época. Entre ellos estaba un galán que ya había protagonizado varias telenovelas y unas cuantas películas. Yo tendría ocho años y mi hermano mayor, que estaba enfermo, no pudo ir. Antes de salir, mi mamá y mi abuela conversaban en la cocina. En un momento escuché que mi mamá dijo “Vayan a ver esa obra de arte”. Así que desde el vamos supe que veríamos una obra de arte y esa frase, que pareció haberse dicho con letras mayúsculas, determinó por un tiempo qué era una obra de arte.
Estuve de la mano de mi abuela todo el tiempo. No nos separamos nunca; ni cuando caminamos hasta la estación ni cuando tomamos el tren. Mi abuela era muy conversadora. Hablaba conmigo, con los vecinos que aparecían en el camino, con el boletero y con cualquier pasajero que estuviera cerca. No repetía siempre lo mismo, abría distintos tipos de diálogos que de alguna manera resultaban interesantes aunque prolongados para mi capacidad de atención. Para lograr que terminara y se despidiera le tironeaba del abrigo o de la cartera colgándome literalmente de ella. Y a ella le causaba gracia mi fastidio.
Hablaba de cualquier cosa. Un libro, una película o un programa en la radio bastaban para el inicio. Pero su tema favorito eran los familiares, sus destinos y estados de salud. Nunca dejaba de comentar las características que tenían la última vez que los había visto. En este sentido, el familiar favorito para su conversación era su propio hermano, un reconocido escenógrafo a quien ella admiraba mucho. El escenógrafo, que ya había fallecido, ocupaba el noventa y cinco por ciento de sus charlas. Y como había sido un escenógrafo socialista, que había vivido en distintos países y que además había dado importantes clases, todo respecto a él sonaba fantástico, heroico e irrepetible. De hecho, la obra de arte que íbamos a ver tenía el diseño escenográfico, el vestuario y la puesta de luces realizadas por él, antes de morir, claro. Y por eso mi abuela la había elegido.
Llegamos al teatro ansiosos, excitados y muy sobre la hora. El hall era enorme, moderno, muy distinto a los que imaginaba a partir de lo que veía en la tele. Nada de cortinados bordó, candelabros de plata o arabescos dorados. Todo era geométrico, de vidrio o de mármol. En una ventanilla lateral sacamos las entradas como si fuésemos a viajar en avión y fuimos a tomar un ascensor.
Me encantó el ascensor. Era plateado, enorme y lo manejaba un empleado muy bien vestido. Que íbamos a ver algo importante tenía que ver con ese ascensor. Estaba clarísimo. Nos elevamos, subimos, ascendimos a un piso que evidentemente estaba más allá del mundo terrenal. Un vértigo me hizo sentir el ombligo a la altura de la nariz. El arte, fue mi primera deducción, era algo que no tiene que ver con el mundo común. Mi abuela confirmaba mi intuición con su sonrisa y la mirada clavada en los números luminosos que indicaron, cuando se detuvo, el piso dos.
Pero al salir del ascensor se quedó helada en el vestíbulo al reconocer en las paredes una exposición completísima de los dibujos y acuarelas que su hermano había realizado para esa y otras tantas obras de teatro. “¿Y ésto?” balbuceó. Yo miré su cara de asombro, su boca entre abierta y sus ojitos que no podían creer tremendo homenaje a su hermano. Pensé que me iba a soltar, pero nada que ver. Por el contrario, apretó aún con más fuerza mi mano como si fuese lo único que la anclaba a la realidad. Se puso los anteojos. Ella solía decirme que tenía tres pares de anteojos: “uno para ver de cerca, otro para ver de lejos y finalmente uno para encontrar los otros dos”. Pero esta vez no dijo nada. Estaba en otra. Mientras los últimos de la fila entraban a la sala, nos pusimos a ver uno por uno los papeles prolijamente enmarcados en la pared. Eran cuadritos que mostraban el diseño del vestuario de un polichinela, de un posadero, de un hada del bosque o de un campesino. Había de todo. Parecían expuestos como los muñequitos que venían adentro de unos chocolatines. En la página de una revista infantil que comprábamos en casa la propaganda publicaba toda la colección, y se formaba así un mundo ideal, maravilloso y coherente. Esto era igual. Un bombero antiguo, un doctor, unos niños que eran “del Tirol” según mi abuela. Un carro lechero, un vagón de tren y hasta una jirafa. Todos estaban realizados con lápiz negro e iluminados con vivos colores. Se indicaban medidas, costuras, hebillas, calzados y otros accesorios como moños para peinados, gorros y sombreros.
“Señora, ¿van a entrar?” preguntó un muchacho de bigotes vestido como un mozo que estaba a punto de cerrar la cortina que daba a la sala. Mi abuela no respondió. Siguió absorta y sonriente con el rostro pegado a los dibujos. A lo lejos una voz grabada de mujer decía claramente y con un énfasis exagerado “El Teatro General San Martín les da la bienvenida…”
Mi abuela ignoró la obra de teatro y como si nunca hubiese existido el plan de verla se quedó en el vestíbulo pasando por todo lo exhibía la exposición. Yo me quedé a su lado, pero sentía la mirada distraída y distante del muchacho bigotudo.
Además de los dibujos vimos mil cosas más: los planos de escenarios, diseños de bambalinas, cortinados y hasta programas de las obras. En una vitrina habían puesto tres maquetas de cartón y madera con las escenografías en miniatura. Eran una fantasía total. Mi abuela me contaba y explicaba detalles. “Este escenario era giratorio”; “Por esta trampa entraba el actor volando”. Todo era obsesivo, detallado y minucioso. Entre sus explicaciones los aplausos se escuchaban a lo lejos. Parecían celebrar sus comentarios.
En un sector habían puesto su biografía. Mi abuela la examinó como si estuviera ante una radiografía. Al fin se puso contenta y señalando una oración exclamó “¡Acá estoy yo, acá estoy yo!”
La frase decía “1916: Nace en Buenos Aires y es el mayor de tres hermanos.”
En unos paneles pegaron unos textos escritos a máquina. “A ver… Éstas deben ser sus conferencias” y ahí mi abuela se demoró un buen rato. Se leyó todo. “Son todos dramaturgos rusos” dijo. Y después fuimos a ver varios maniquíes con el vestuario original de una obra que tenía que ver con reinas y princesas, porque eran vestidos acampanados, pasteles, con tules transparentes y diamantes pegados. Mi abuela los examinaba como si se los fuera a comprar. Medía la calidad de la tela tocándola con energía o llevándosela a la mejilla. Yo me detuve en el de un príncipe. El traje era muy parecido a los uniformes de los héroes de la patria que aparecían en mi libro de lecturas. Pero éste tenía más brillo, más oro y firulete. “Debe ser la ropa que usaron para hacer de San Martín” deduje por el lugar en el que estábamos.
Finalmente mi abuela suspiró. Se dirigió despacito al centro del vestíbulo y se quedó parada ahí. Se acomodó el abrigo, los anteojos y miró todo por última vez como si estuviera sacando una foto. Me dijo que nos teníamos que ir. “¿Podemos ir en ascensor?” pregunté. Sonrió.
Fuimos a la confitería de la esquina. Pidió un café con leche para cada uno y compartimos un tostado. Veía a mi abuela contenta y eso me animaba. De la obra que no vimos no se habló. Charlamos de otras cosas, como de los paisajes de España y los planetas pero, no sé cómo, terminamos hablando de su hermano. El mozo que nos atendió parecía ser familiar del que estaba en la sala apurándonos a pasar. Tenía la misma ropa. Se lo comenté a mi abuela y lo miró sin disimulo cuando atendía otra mesa. “Me parece que es el mismo” me dijo. Volví a mirar. Sí, mi abuela tenía razón: seguro que era el mismo. Cuando terminaba allá debía ir a trabajar al bar.

***

A la noche mi hermano estaba mejor. Mi abuela le había comprado unas historietas y después de cenar todos juntos se fue a su casa. Me puse el piyama y me metí en mi cama, que estaba ubicada formando un ángulo con la de mi hermano. Él también se acostó y apagó la luz. Antes de dormirnos me preguntó de qué se trataba la obra que habíamos visto.
“No sé” dije. “Vimos otra cosa”
“¿Qué cosa?”
Recordé lo que se había hablado antes de salir, el éxtasis en el que había caído mi abuela y las fantasías realizadas por su hermano.
“La obra de arte” dije con determinación.
Pero la certeza duró poco. La siguiente turbación la tuve unos meses después, cuando mi mamá y mi tía, la que vivía en Bahía Blanca, reconocieron en la tele al actor que protagonizaba la obra de teatro que deberíamos haber visto en el teatro con mi abuela. El actor aparecía seductor, fumando y apoyado en una súper moto. Tenía puestas unas botas negras y su camiseta musculosa dejaba ver su físico trabajado. Sin notar mi presencia ni la de mi hermano que tomábamos la leche, las dos pusieron la misma cara que mi abuela frente a los dibujos de su hermano y dejaron salir, casi al unísono, una frase que me interpelaría buena parte de mi vida: “¡Ay, nena, por Dios! ¡Qué obra de arte!”
  
Buenos Aires, 2016


La alegría brasilera

A Leo Bertolotto, con afecto.

"Baila comigo, como se baila na tribo
baila comigo, lá no meu esconderijo, ay, ay, ay"
Rita Lee


Fue cuando apenas pasaron unas semanas de haber cumplido los quince años que entré al cine a ver una película prohibida para menores de dieciocho. Falté a la clase de gimnasia y me fui al centro en tren, como un fugitivo, con unos anteojos negros y ropa común hecha un bollo en la mochila que me pondría en el baño del Pumper Nic de Lavalle, la peatonal de los cines. Los preparativos fueron intensos: la elección de la ropa, el peinado, la práctica de caminar para simular más altura y hasta la modulación de la voz, todo fue premeditadamente estudiado para lograr un aspecto que no correspondía al que tenía. Y esta estrategia, la de parecer lo que no se es, fue lo que intenté durante muchos años en mi vida para encontrarme sólo con frustraciones.
Antes de entrar al cine verifiqué que no hubiese policías cerca, ubiqué las salidas de emergencia y la boca de subte más adecuada en caso de un imprevisto. También di varias vueltas a la manzana.
Finalmente, después de pagar la entrada, a la sala pasé lo más bien. El vendedor de la boletería no reparó ni un segundo en mi actuación que fue genial. Sí lo hizo el acomodador que cortaba las entradas, que me miró desconfiado por un instante. Creí que me iba a echar a patadas, pero no, lo único que esperaba era una propina.
La película fue un desastre. Complicada sin necesidad alguna, aburrida por momentos bastantes extensos y con diálogos totalmente superfluos. Era un policial con un reconocido galán norteamericano que hacía de un agente secreto que, después de todo, aunque no estoy muy seguro, debía aniquilarse a sí mismo, porque también hacía de su propio enemigo. No la entendí en lo más mínimo. Yo había quedado interpelado por el afiche que había salido en el diario que compraban en casa. Debajo del título un cartel igual de grande aclaraba que era prohibida para menores de dieciocho, y más abajo, el actor, con su camisa desabrochada y el resto de su vestimenta en desorden, abrazaba a una señorita que aún estaba vestida. Esa imagen se fundía con otras muy variadas. Dos helicópteros, un submarino, un revólver y hasta un reloj de arena eran parte de lo que prometía el film. También recuerdo claramente un jeep en una playa brasilera. Pero la parte más importante por su tamaño era la del actor con el torso descubierto. Por eso deduje que buena parte de la película trataría ese tema. Ochenta, ochenta y cinco por ciento, calculé. Casi noventa. Así que una vez en la butaca me relajé y no me detuve a leer los subtítulos esperando las escenas calientes, pero fue un grave error porque esa escena en particular del afiche jamás apareció, nunca se vio al actor desnudo, apenas si se mostró haciéndose el nudo de la corbata. Cuando quise ponerme al día con los diálogos ya era demasiado tarde: no sabía bien quién era Jack, John o Jameson. Hacia el final de la historia, resignado a no ver sin ropa al actor que me gustaba, traté de dormir un poco. Cuando estuve por lograrlo me sobresaltaron unos tiros a todo volumen. Salí del cine bastante nervioso y enojado conmigo mismo. ¿Qué tenía de prohibido para menores esa historia? En una parte mencionaban al presidente de los Estados Unidos. Debía ser eso. Tendría que haber elegido la película que pasaban en el cine de al lado. Era sobre una madre humillada que, presa injustamente, intenta todo para recuperar la tenencia de su hijita predilecta, y cuando lo logra la hija ya es una adolescente drogadicta y pandillera. Apta para todo público.
En el tren de vuelta recordé la escena en la que el protagonista viajaba a Brasil, y en una fiesta en la playa dialogaba con el barman, que resultaba ser como él otro agente secreto. También recordé el jeep del afiche que me lo debí haber perdido, porque eso seguro no recordaba haberlo visto. “¡Qué víctima del engaño publicitario resulté ser!”, pensé indignado. “Pero ni piensen que voy a caer otra vez”, aseguré determinante. Enseguida volví a la película y me tranquilicé. En esa fiesta brasilera se vivían libertades que eran imposibles de imaginarse en Buenos Aires. Las brasileras, con peinados voluminosos y ultramaquilladas, tenían unos tops diminutos, y los negros, con las camisas anudadas a la altura del ombligo, bailaban la samba o algo similar con una sensualidad salvaje y delirante. Entre todos se hacían gestos obscenos y señas excitantes. Cuando el protagonista cruzó la pista hizo unos pasos de baile muy a tono con el lugar pero sin abandonar la cultura civilizada a la que pertenecía.
Cuando llegué a casa ya había oscurecido. Dejé la mochila por ahí. Mi mamá no estaba y mi hermano se estaba preparando una leche con muchísimas cucharadas colmadas de Nesquick.
― Con tanto chocolate vas a quedar negro como un brasilero.
― No, ―me dijo― porque ahora le pongo varias de azúcar y compenso.
Mientras mi hermano tomaba religiosamente su poción de la tarde, y sabiendo que se demoraría un buen rato echado en el sillón viendo tele, me fui al cuarto. Me saqué las zapatillas así nomás y después busqué, en el fondo del placard, una caja de madera que un tío nos había regalado para guardar los elementos necesarios para lustrar nuestros zapatos. En la parte superior tenía una horma de pie para apoyar el zapato y lustrarlo. El equipo incluía de todo: pomadas, cepillos y franelas que únicamente utilizábamos bajo la amenaza de nuestra mamá. Pero mi hermano guardaba ahí unas revistas porno que debió comprar clandestinamente en algún kiosco del barrio. No tenía muchas pero había una brasilera que me interpelaba en particular. Se llamaba Inferno anal y en la portada una carioca, de espaldas y mirado a la cámara, mostraba una gran sandía a la altura de su culo enorme.
En el interior no abundaban las fotos. Tenía una fotonovela audaz en la que una maestra era seducida por varios alumnos de un instituto para adultos y cuando terminaban, ya en la dirección para hacer la denuncia, el director también abusaba de ella. “Eu sou um professor de línguas” decía ella en un globito. Yo lo tomaba casi como un documental de no ser por los ambientes que resultaban extraños. Con un planisferio pegado en la pared, sillas en vez de pupitres y actores de distintas edades les alcanzaba para lograr el clima estudiantil y en realidad quedaba más como un sketch del Chavo del Ocho. En algún momento planeé escribir una queja a la revista sugiriendo un verdadero ambiente escolar basado en una descripción detallada de mi aula y de la oficina del rector, que por las amonestaciones que tenía conocía muy bien. También pensé en describir minuciosamente a la profesora de matemática que, según me habían dicho, solía ir a dar clase sin corpiño y al hermano mayor de un compañero mío que estaba muy fuerte de tanto deporte que practicaba. Pero suponía también que por esa misma descripción reconocerían mi colegio, llamarían a la policía y en mi casa mi mamá haría un escándalo tremendo. Además, la revista ya era algo vieja y era imposible saber si aún se publicaba. Lo único exótico en la fotonovela eran los protagonistas que eran negros ―incluso la que hacía de maestra― porque después, de ese Brasil exuberante, sus playas, palmeras y vegetación abundante, no aparecía ni una hojita.
Tal vez fue por esa revista que se formó en mí la idea de que Brasil era una nación supersexual. Lo digo en un sentido absoluto, como que tener relaciones sexuales era lo único que se podía hacer allí, sin importar el momento del día, ni dónde ni con quién. Ningún Pão de Açúcar, ni Minas Gerais, ni Brasilia. No, todo era carnaval, calor y desenfreno sexual. En el Parlamento, en las escuelas, en los supermercados, en las calles y hasta en las iglesias, todos desnudos y alzados. Encima, Federico, un compañero del colegio de mi hermano que había conocido Río en sus vacaciones, me había dicho que en Brasil coger no era algo prohibido. Y que él lo había hecho con su prima de allá, que aunque tuvieron momentos de tensión porque creía haberla embarazado, todo había salido bien y hasta lo habían felicitado, pero que acá no era así y que no dijera ni una palabra, obligándome a jurar silencio total. Yo le creía todo y durante varias noches no dejaba de pensar en esa prima suya que imaginaba negra, caderona, salvaje y ultramaquillada, como la maestra de la fotonovela, teniendo sexo con Federico, con el papá de Federico y hasta con su mamá.
La revista tenía notas y relatos que eran imposibles de comprender porque estaban en portugués pero las publicidades de sex-shops y lencería eran mucho más familiares.
Sin embargo lo que no podía dejar de leer una y otra vez eran los avisos clasificados. Todo un país se condensaba en esa página de contactos de Inferno anal. Hacía esfuerzos sobrehumanos por traducirlos y enterarme de qué iban. Y lo que no entendía, lo suponía con una dosis altísima de delirio. Deduje que la gente brasilera estaba dividida en dos grupos claramente diferenciados, como peronistas y radicales acá. Por un lado figuraban aquellos que se ofrecían como objeto sexual para satisfacer cualquier demanda y por otro aquellos insatisfechos que buscaban nuevas experiencias sexuales. Todos sonaban terriblemente desesperados y no podía creer lo fácil que resultaba trazar con flechas las correspondencias. Me preguntaba si era posible que no se hayan encontrado en esa página, porque de haberlo hecho ya serían felices. Qué suerte, pensaba, que en Brasil siempre hay un roto para un descocido. Por lo que ofrecía, la mulata de enormes tetas congeniaba con el lampiño hiperactivo de Bahía o las mellizas viciosas de no-sé-dónde con un doctor experto en puntos hipersensibles del aparato sexual femenino. También estaban los travestis, los transexuales y operados que incluso ofrecían charlas explicativas de sus experiencias. ¿A quién podría escribirle yo?
Mi mamá, que recién había llegado me llamó a cenar con un grito.
― ¡Ya voy!
Antes de guardar la revista volví a un aviso que era mi favorito. Caio, un chico superdotado ofrecía sus virtudes a cualquier persona que lo solicitase, sin importarle el género ni la edad. Decía tener buena presencia y amplia disponibilidad de horarios. Estaba en São Paulo y cerraba solicitando equis cantidad de cruzeiros. ¿Cuánto valía un cruzeiro? Podría escribirle y pedirle una entrevista y ver si esas medidas eran ciertas, porque no quería ser víctima de un engaño más. Habría que ver si esas medidas se referían cuando estaba normal o con su miembro erecto, si se dejaba tocar o no. Pero también quería preguntarle si tenía familia, si estudiaba, si estaba siendo explotado o si necesitaba ayuda. ¿Sería muy religioso Caio? Le escribiría usando un seudónimo, para que acá no me descubrieran. Zezé podría ser, como el chico de la planta de naranja lima. En Brasil debería ser un nombre común. A Caio podría caerle bien y gustarle, y a su vez yo seguro me enamoraría de él, de su virilidad y tez oscura, de su sonrisa que imaginaba blanca y perfecta y rescatarlo de ese ambiente lúgubre para traerlo a Buenos Aires escondido en un micro de larga distancia. Acá terminaríamos juntos la secundaria, noviando a escondidas, dándonos besos en la boca y apretando constantemente. Mi mamá podría hacer los trámites necesarios para adoptarlo y mi hermano colaboraría enseñándole las cosas de nuestro país. Podríamos ducharnos juntos, hacer ejercicio, aprender inglés y a los veintiuno viajar a los Estados Unidos. Allí podríamos casarnos, estudiar para policías y luchar contra el crimen organizado de la ciudad de San Francisco; ser expertos en artes marciales y danzas de salón. Con el tiempo sería lindo volvernos agentes secretos del FBI, frustrar algún atentado contra el presidente y finalmente, luego de ser condecorados con medallas doradas y plateadas, protagonizar películas de espionaje, acción, y tiros que por supuesto, sean prohibidas para menores de dieciocho.

Mar del Plata, julio 2016



Magia en la playa


por Javier Fernández Paupy

Como una antena del silencioso mundo de las emociones que busca recuperar una imagen de sí mismo, Santiago Erausquin despliega en Paisaje el recorrido que va de la inocencia al deseo. Inocencia y deseo en la mirada son dos fuerzas que atraviesan este relato que se lee como un rito de iniciación. Su protagonista está del lado de la curiosidad inmediata, un crecer del asombro aparece en la intimidad de su perspectiva y dibuja lo evanescente en el recuerdo. Paisaje devuelve el tiempo del asombro y las preguntas que se hacen como por primera vez y para siempre. El croquis de una playa es el revés de una interioridad que descubre un mundo con lo visto y lo escuchado. Es una sensibilidad observadora y atenta que deshilvana los caminos del tiempo. Una crónica, un secreto, el retrato de un recuerdo, en Paisaje la epifanía está al servicio de la evocación de la parte más maravillosa de la vida, el romance con lo exterior. Paisaje propone una ética del hedonismo, una educación de los sentidos, una escuela de la vida.



Buenos Aires, 2016


Paisaje


Agustina: Mira las joyas. Son de plástico. Pero plástico del bueno”.
Volver (Pedro Almodóvar, 2006)

Ignacio (niño): ¿No tienes miedo?
Enrique (niño): Yo no creo en Dios. Soy hedonista.
Ignacio (niño): ¿Y eso qué es?
Enrique (niño): A los que les gusta pasárselo bien. Lo he leído en la enciclopedia”.
La mala educación (Pedro Almodóvar, 2004)


La primera vez que vi el mar decepcioné a los que me habían llevado a conocerlo. Fue sin querer, como me pasa a menudo. Tendría cinco años recién cumplidos y me acompañaba mi hermano Alberto que andaba por los siete. Antes de salir de la ciudad mi mamá nos puso unas mallitas rojas idénticas como si se tratase de un artilugio para garantizar el éxito del viaje. Llegamos a la costa un mediodía radiante de algún día de enero. Manejó todo de un tirón mi tía, la que vivía en Bahía Blanca, y fuimos nada más que los cuatro porque mi papá ya no estaba con nosotros.
“¡El mar! ¡El mar!” gritaron ellas como si fuera la mismísima salvación. Yo, que dormía profundamente, tuve, ante todo, una primera sensación de injusticia. Estacionamos en cualquier lugar y bajamos del auto a lo bruto. Corrieron enloquecidos por una pampa de arena hasta que las exclamaciones de alegría se perdieron en el ruido continuo del mar. Traté de seguirlos pero no podía: aún tenía los ojos pegados.
“¡Cuánta agua! ¿Viste?” inducía mi mamá. Alberto ya estaba saltando las olas como un delfín. Cómo hacía, no sé. Todavía no sabíamos nadar. A la distancia, su atrevida figurita era la imagen de la felicidad. Un póster. Mi tía, tratando de alcanzarlo, lo controlaba.
“¿Quién habrá dejado la canilla abierta, no?” insistía mi mamá que agarraba su sombrero gigante para evitar que el viento se lo lleve. Yo no contestaba. “Dios, quién si no” pensé, que era para mí el responsable de ese tipo de cosas. Lo que no podía creer era la cantidad de caracoles, chiquitos como perlas, de color acaramelado, que estaban esparcidos en esa franja húmeda de arena alisada por vaivén del agua. Así que mientras me señalaban con entusiasmo el horizonte, yo, preocupado, miraba el suelo.
Mientras mi mamá decía cosas que para mí no tenían ningún sentido ―como que del otro lado estaba África y más allá, Australia― me metí, sin que me vea, un caracolito en la boca. Sentí algo muy salado y vivo en el paladar. Inmediatamente lo escupí suavemente en la mano y noté una sustancia viscosa que salía del caracol. Era una babita, una lengua gris y anacarada que pedía piedad. Le di un besito, como me habían enseñado cuando había que saludar a alguien.
“¿Qué hacés?” preguntó mi mamá desconcertada. Ignorándola, empecé a juntar todos los caracoles que podía. Ella abandonó su discurso florido de asombros y maravillas del océano y llenó una botella de Mountain Dew con agua de mar. Entonces fuimos poniendo uno a uno los caracoles vivos que nos rodeaban hasta casi llenar el envase. A través del cristal verde los veía ladearse a un ritmo pausado, a un compás muy lento, distinto a los que conocía. Eso me entretuvo durante todo el día hasta que, a la noche, me acostaron en la misma cama que tenía que compartir con mi hermano. Sé que habíamos hecho muchas cosas durante ese día, pero sólo me interesé por los caracolitos. Mi tía me explicó lo de la casita que llevaban a cuestas y lo que tardaban en movilizarse. No lo lamenté. Lo que me angustiaba era no saber cómo se llamaban, qué nombre tendría cada caracol. “Son como mil” fue lo último que dije antes de quedar profundamente dormido.
***
Ahora, que tengo casi diecinueve, miro los chicos que están en la playa con una fascinación parecida a la que tenía con esos caracolitos. Sí, el mar es imponente, ni hablar, pero más fuerte están estos cuatro que se la pasan jugando a la pelota descalzos, a los gritos y medio salvajes, con sus bermudas de muchos colores. Delinearon un rectángulo en la arena que parece un ring o, para mí, el escenario de un show. Me encanta cuando, jugando, se agarran a las piñas. Tal vez a alguno se le ocurra bajarle las bermudas a otro. Espero a ver si se da.
Como terminé el colegio con buenas notas, mi tía —la de Bahía Blanca— me regaló estas vacaciones junto a ella. Vinimos solos y con ganas de pasarlo bien. Ella se quedó en el hotel durmiendo la siesta y yo, en cambio, me vine a esta playa en particular porque es chiquita y tiene muchas piedras grandes ideales para esconderse. Pero en realidad lo que más me atrae es su abundante población de varones.
Antes de salir del hotel me produje como si estuviese saliendo para una disco. Como no tenía gel a mano, usé jabón de tocador para esculpirme unos penachos igual a los de un compañero del curso al que le quedaban muy bien. Me puse una musculosa rosa y los anteojos de sol espejados.
Caminando hacia la playa, un nene de la misma edad que tenía yo cuando vine por primera vez a la costa, le preguntó a su mamá si ésta era la “playa gay”. La madre no le contestó y apuró el paso. Es que el nene señalaba a dos ancianos bronceadísimos que apenas con unos taparrabos disfrutaban del mar mientras cacareaban y gesticulaban con ademanes grandilocuentes. Desde la rambla se los distinguía perfectamente.
No me imagino a esa edad tan avanzada. No puedo, me resulta imposible. Hacerlo ya sería ser viejo. En todo caso me siento más cerca del nene y sus preguntas.
Cuando llegué bajé a la costa por un sendero empinado. Dos chicos algo más grandes que yo se acomodaban para leer. Uno tenía anteojos y un short ajustado. Al otro no lo podía ver bien sin disimular, pero debía parecérsele. Igual podía escucharlo. “¿Qué te trajiste?” “El retrato de Dorian Gray”. Miró con incredulidad la tapa del libro. “La película ya la vi. Ojalá esto sea igual. ¿Y vos?” “La biografía de Ricky Martin” contestó el otro.
En el mar cuatro muchachos ensayaban una coreografía. Eran movimientos cortos, duros, geométricos, con mucho ritmo de brazos y muy poco desplazamientos de piernas. Me levanté los lentes para ver mejor. Quería reconocer el tema. “Vogue” dije. Acerté. También noté que los miraba una señora de energía negrísima y los desaprobaba emitiendo sonidos secos y guturales. Un señor panzón se aproximó a ella y en vez de enojarse dijo “Así no es”.
Mujeres, pocas. Alguna gay-friendly, puede ser. Sí señoras redondas, más bien. Una, que estaba tomando sol acostada boca arriba sobre una de las piedras, se acaba de levantar. El culo, un raquetazo le quedó.
Un grupo de hombres maduros algo calvos y teñidos estaban de pie y alineados como en el ejército. Encaraban al sol y hablaban a los gritos. Tenían tatuados los brazos con motivos chinescos, todos muy parecidos. Bueno, todos menos el más petiso. Al lado de su ombligo parecía asomarse una ramita con dos pimpollos de rosas. Jugaban al ahorcado pero con nombres de discotecas. “A” para Angel’sAmerika, “B” para Bunker, “C” para Contramano y así. Retuve algunos para buscarlos después en una revista de contactos que traje escondida entre el equipaje: “G” de Gaysoline, “E” de Éxtasis.
Dos chicos maquillados y con el pelo fucsia pasaron entregando tarjetas para ir a bailar. Caminaban como modelos. Sonriendo, me dieron un par. La Passif era el nombre del local y anuncian el debut de Sofía Sabroso, una aclamada vedette que acababa de llegar al país.   
El bañero de la playa apareció con su slip rojo y su silbato reglamentario. Salió de una cabinita de madera que estaba más arriba entre las piedras. Bajó haciendo acrobacias usando una soga con nudos. Tenía una espalda ancha y unas pantorrillas notables. Una vez en la playa clavó dos banderines también rojos bastante alejados uno del otro y amablemente explicó a los que aún no se metían al mar que se trataba de la distancia que había que respetar. “Ayer rescaté a uno que se fue para las piedras” le decía a un turista con aritos que no hablaba castellano. “Boy on the rocks” le dijo en inglés.
Fui hasta la orilla y también caminé. Metí los pies en el mar sin descalzarme, como hacían en las películas. A los actores nunca les importa mojarse los zapatos y las medias. Claro, en la toma siguiente ya están completamente secos. Mis zapatillas de tela tardaron bastante en secarse y eso me desilusionó un poco.
Pasaron tres chicos en dirección contraria buscando un lugar para acomodarse. Llevaban una heladerita que parecía pesar lo que un aire acondicionado. Uno usaba un gran toallón a modo de capa con la imagen de las Chicas Superpoderosas.
“No doy más” dijo ése. El otro enseguida agregó “¿Por qué? Por nada. Me rasqué toda la mañana”. Y cambiando el tono, casi a los gritos, siguió “¡Pero vos no sabés el trabajo que da una casa!” “Yo hago puchero, ella hace puchero, yo hago ravioles, ella hace ravioles… ¡Qué país!” Y se reían.
Cuando llegué al extremo di con una escollera de piedras que separaba esta playa de la siguiente, más amplia y con menos rocas. No avancé. Me senté cerca de dos chicos que se pasaban crema en la espalda alternándose. Estaban recostados sobre esterillas. Conversaban.
“El libro más robado de las bibliotecas sabés cuál es, ¿no?” El otro no respondió. Hizo con la boca un gesto de ignorancia.
“El de Doña Petrona” le informó.
“Mirá” dijo el que no sabía. Y agregó “Pero eso es cocina de otra época. Todo lleva cien huevos para ella”.
“O más”.
“Claro, ahora se hace todo más light. O más barato, que no es lo mismo que light”. Hizo el gesto de las comillas con las manos.
“O que bajas calorías. Doña Petrona decía que si la empanada no era frita no era empanada. Y que si cuando la comías el relleno no te chorreaba hasta el codo, tampoco”.
“Qué enchastre”. Después de una pausa se lamentó: “Yo no adelgazo con nada”.
“¿Hoy qué vamos a cenar?” preguntó el menos gordito.
“Hagamos canelones con los panqueques que sobraron, ¿dale?”
Me dio hambre. A unos metros, tres chicos de mi edad, vestidos de negro como focas, se preparaban para hacer surf. Así vestidos eran muñecos de goma y los trajes hacían que cualquier protuberancia del cuerpo resaltara con notoriedad. Brillaban. Me costaba apartar la vista. Tuve ganas de jugar con ellos, amasarlos como si fueran de plastilina. Sus tablas parecían cuchillas: las comparaban y las medían con cierta obscenidad. Se daban instrucciones y recomendaciones mutuamente. En la arena habían armado con todos sus bártulos ―toallas, mochilas, remeras― un gran mojón vertical similar a un tótem o un menhir. Antes de meterse al mar tomaron unos mates. No parecían gays. Tenían la onda de los que jugaban a la pelota. Un perro negro y resplandeciente como ellos los acompañaba. Me acerqué un poco y el perro, moviendo la cola, vino y me saludó. Le hice unos mimos bajo el consentimiento que uno de los surfistas me dio con la mirada. Hubiese querido que las caricias que le hacía al perro las sintiera el dueño pero, por más obvio que era, nada. Ahí nomás descubrí que el perro tenía un collar con los colores del arco iris. Algo es algo.
Los surfistas corrieron y a toda velocidad entraron al agua en línea recta. El perro los siguió hasta donde pudo y después, prudente, se quedó sentadito en la orilla con el hocico apuntando al horizonte y la mirada clavada en las hazañas de su dueño. Yo también.
De pronto se escucharon, lejos pero con nitidez, los acordes de un bajo electrónico. Se hizo un silencio total en la playa que duró unos segundos. Todos aguzaron los oídos y cuando reconocieron el tema estallaron en alaridos y aplausos. Era el hit de Lady Gaga. Se sumó el sonido insufrible de la alarma de un auto pero a nadie pareció importarle y siguieron festejando.
Un muchacho muy delgado con una barba candado y un pareo New Age surgió de la nada vendiendo panes caseros. Llevaba un tupper enorme que se vació antes de llegar a la mitad del recorrido. Un éxito rotundo. Se acercaba a cualquiera y con mucha parsimonia ofrecía los panes como si fueran tesoros extraídos del fondo del mar.
Volví a las piedras. Dos transformistas escultóricas y súper maquilladas habían ocupado mi lugar. “¿Y vos, nena?” le preguntó una a la otra “¿Para cuándo un éxito?”
Desfilaron un montón de chicos de diferentes edades que, solos o acompañados, iban de una punta a la otra de la playa despreocupados por su casi completa desnudez. Esa actitud, supongo, los hacía guapos. Algunos hablaban por sus celulares o tomaban fotos a contraluz que no creo que salieran muy bien, aunque eso tampoco importaba. 
Los otros seguían jugando a la pelota. El de las rastas estaba mortal. El ranking era así. Uno: el de las rastas y el surfer-dueño-del-perro-gay comparten el primer puesto. Dos: el más bajito de la coreografía Vogue porque la sabe perfecta, y tres, el turista con aritos. Respiré hondo. Me dispuse a encararme alguno. Cualquiera, total, al final todos me gustaban. Me pregunté cómo se llamarían. Me acordé de los caracolitos y suspiré.
Una sombra, como de una nube, me oscureció. “Acá estás” me sorprendió la voz mi tía a mis espaldas. Traía un equipo de mate, una sombrilla, revistas y un montón de cosas más. “¿Qué mirabas?”
No sabía qué decirle. Aunque era una copada me daba un poco de vergüenza decirle la verdad.
“Nada" le dije con naturalidad. "El paisaje”.

Mar del Plata, 2016

Si querés ver el corto animado realizado por Carolina Etchenique Faingold a partir de los dibujos que permitieron crear Paisaje, clickeá aquí:

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El ángel malvado
Para el profesor Fernando Silberstein, con afecto

Cuando mi papá se murió yo estaba en primer grado. Alberto, mi único hermano, recién cumplía ocho años. Mi mamá entró en un estado de desconcierto tal que —y esto me cuesta confesarlo― a mi hermano y a mí por momentos nos hacía reír. Nos daba para desayunar una porción de pastel de papa o, antes de ir al colegio, nos peinaba con una creatividad que no reconocíamos como suya. Nos ponía tanto gel, gomina y espuma que al final sentíamos tener un postre en la cabeza. En el micro escolar, aliviados, Alberto me sacudía el pelo y me lo acomodaba lo mejor que podía. Repetía la operación sobre él y buscando su reflejo en la ventanilla decía: “Fijate si ya estamos comunes”.
La casa cambió. Mi mamá hablaba con las fotos o los electrodomésticos y mi hermano pasaba horas enteras frente a la tele. Descuidó el colegio y se enfermó de asma. A veces los veía abrazados y llorando, pero yo me hacía el dormido para no molestarlos.
Fue por entonces que vino a vivir con nosotros mi tía, la de Bahía Blanca. Se quedó más de un año, ubicándose en el cuartito de los cachivaches. Antes de volverse dejó a mi mamá bastante recuperada, a mi hermano con buenas calificaciones y a la casa en una rutina previsible. Alberto y yo la adorábamos. También le temíamos, porque sus penitencias podían ser fatales, como la que te obligaba a contar una y otra vez los fósforos que traía una caja de las grandes o a copiar páginas enteras de la guía telefónica. El día de su partida nos regaló un cachorrito de piel negra al que llamamos Americano. Y mientras con Alberto peleábamos por tenerlo encima, mi tía desapareció sin saludar.
Mi tía nos visitó con frecuencia y forjó nuestros espíritus. Incluso —o mejor dicho, sobre todo― el de mi mamá. Pero ni la alegría de Americano, ni nada nunca después, pudo disimular la angustia que me sobrevenía cada vez que mi tía se iba.

Recordé repentinamente todo esto en una clase de la facultad. El tema del teórico trajo imágenes, rostros y hasta sabores que hacía tiempo que no me visitaban. Estaba cursando Psicología del Arte, una de mis últimas materias y aunque escuchaba lo que el profesor decía, mi pasado se proyectaba detrás de él, como diapositivas de un Power Point. Para que entendiéramos mejor la cuestión de la terceridad un tema que lo obsesionaba―, el profesor explicaba con un dibujo en el pizarrón una situación absurda: en un mundo cerrado cada sujeto sólo podía decir “a” o “e” o “u”. En el interior de un gran círculo dibujó unos monigotes sin rostros. “Corren como sicóticos de acá para allá con esa única posibilidad” lamentó mirando su esquema. Sobre la tarima y a la distancia el profesor parecía enorme, gigante, todopoderoso, pero por sus garabatos y modulaciones al decir “aaa” o “uuu” y también por la forma de gesticular ampliamente con las manos se volvía cercano, jovial y parecido a nosotros. Ese día, su jerarquía, traje y calvicie no sirvieron y el entusiasmo que lo poseyó me recordó a mi hermano cuando me contó, a los 16, cómo había sido el recital que vio en Obras de su grupo de música favorito.
Borrando un pequeño segmento de la línea del círculo que contenía a los monigotes el profesor señaló: “Un ángel femenino y malvado viene, deja entrar una idea equis en ese mundo hermético y se va”. Después dibujó una suerte de nube y volvió a cerrar el círculo con el marcador. “Entonces, ¿qué pasa?” nos preguntó.
Nadie se animaba a responder. Era claro que el profesor esperaba una respuesta precisa y ninguno quería exponerse. Sus ojos pequeños se afilaron más. También observé los rostros de mis compañeros. Todos menos él mirábamos para cualquier lado. Lo mismo había ocurrido cuando una noche después de cenar mi tía nos encaró y con la amenaza de una tragedia bíblica nos preguntó quién le había afanado los cigarrillos de la cartera.
Mi tía fue muy buena con los regalos. O casi. Le había regalado a Alberto la plata para que fuera al recital y además se comprara una campera. A mí, en cambio, me había regalado un par de medias y un juego de mesa que se llamaba Operación. Funcionaba a pilas y había que extirpar con mucha delicadeza huesitos y otras fantasías al señor semidesnudo que encendía la nariz si tocábamos, con la pinza, los bordes del troquelado. “Qué pelotudez” pensé mientras veía a mi hermano contando su dinero. Me pareció muy desacertado y extremadamente injusto, pero no dije nada. Sin embargo todavía está el juego ese guardado en el placard junto con otros de cuando era chico. Bueno, los que sobrevivieron.
Mi tía no faltó nunca a nuestros cumpleaños y estuvo presente en las fiestas de fin de año. A veces venía a festejar el suyo. Tenía locura por Alberto, con quien, ya más grande, se quedaba fumando en la galería del patio hasta que caía la noche.
Dejó de aparecer cuando se enfermó. Era grande. Solita se internó en un geriátrico de allá, en Bahía Blanca. Nos mandó una carta con una letra notablemente grande y temblorosa. Nos pedía que vendiéramos su casa que no iba a necesitar más. “Acá ya me conocen y cocinan rico” puso. Aunque insistimos, nunca quiso venirse con nosotros. Hablábamos mucho por teléfono. “Voy a llamar al asilo” decía Alberto para subrayar más lo trágico del asunto. A mi tía no le importaba. Al principio nos pedía que le contáramos un chiste o le cantáramos un pedacito de alguna canción favorita. Le daban gracia ese tipo de cosas. Después, con el tiempo, nosotros se lo pedíamos a ella. “Déjense de joder” nos decía ofuscada.
Mi mamá la visitaba con frecuencia. Un par de veces yo la acompañé. Pasábamos el fin de semana en un hotel que quedaba cerca de la terminal de ómnibus. La llevábamos a comer algo, al circo o de compras. Otra vez fui sólo con Alberto. Yo tendría 16 y él, 18. Él había logrado una relación más sólida con ella y yo quería aprovechar la ocasión del viaje porque tenía que enterarse de algo. Me había preparado todo un speech en el que le confesaba que me gustaban los varones, en especial un compañero suyo del colegio. Pero, tal vez por el estado delicado de mi tía o por el desinterés al que me tenía acostumbrado, Alberto se la pasó durmiendo desde que salimos de Retiro. A la vuelta ni siquiera se sacó los auriculares cuando los de la empresa nos dieron unos alfajorcitos.
Cuando llegamos al geriátrico mi tía estaba con el médico en el consultorio. La tuvimos que esperar un rato. En la sala la baranda a caldo y a farmacia era tremenda. Mi hermano recordó el olor que desprendía la ropa de una profesora de geografía. Los ancianos nos miraban con desconfianza, el personal del geriátrico, en cambio, con ternura. En eso se abrió la puerta del consultorio y mi tía se dejó ver. “Tiene visitas” le dijo una de las enfermeras. El médico nos saludó y ella vino a nosotros. Caminaba con dificultad y estaba muy abrigada, con una bata beige y un pañuelo en la cabeza. Nos abrazó y besó sonoramente. Preguntó por mamá y le dijimos que estaba en casa, que le mandaba un montón de cosas. Señalamos la mochila con quesos, chocolates y una parva de fotocopias ampliadas de crucigramas y sopa de letras para que no tuviera drama con la vista. Yo le había grabado un cd con música española que tanto le gustaba. “La niña del bello rostro, está cogiendo aceituna, el viento, galán de torres, la prende por la cintura...” solía recitarnos cuando éramos chicos.
El profesor dijo algo de Lorca que no cacé.  
Me pregunté si tendrían dónde escucharlo. “Vengan. Vamos al jardín” susurró mi tía. Después, sin que notara la mirada sigilosa de las enfermeras, sacó del bolsillo de su batón un puñado de blisteres con pastillas de colores, ampollitas y frasquitos y, con un disimulo exagerado, comenzó a repartirlos entre sus compañeros que estaban tomando sol o simplemente sentados mirando algo. “Apúrensé” nos pidió, “que no se den cuenta”. Al principio parecía que lo tenía bajo control, pero al toque otros viejitos se le fueron al humo y como gallinas excitadas avivaron a los médicos que pronto tomaron medidas. “¡Otra vez lo mismo!” rezongó una de las enfermeras que fue al meollo del asunto como el réferi del más clásico de los partidos. El grupo, ya numeroso, cacareaba y hasta comenzaron a amenazarse con bastones. “¡Pero devuelvan esas muestras!” decía la enfermera. Una señora llegó a revolear el andador.
Con mi hermano nos quedamos helados. Vimos la escena como quien mira en la tele un documental de Animal Planet. Con la intervención de un médico y dos enfermeras más los viejos se calmaron y entre insultos y malas palabras se reubicaron en sus lugares. A mi tía la llevaron a su habitación. Cuando pasaba adelante nuestro, custodiada por dos enfermeras, nos dijo que no nos vayamos, que en la pieza tenía escondidas mas “golosinas” para el viaje de vuelta.
“De esto ni una palabra a mamá” me ordenó mi hermano. Yo asentí sin mirarlo.
  
“¿Alguna observación o pregunta que quieran hacer?” dijo el profesor cuando terminó su exposición, devolviéndome a la realidad. Yo levanté el brazo.
“El ángel me parece bueno” comenté.
“No” dijo determinante con sus ojos casi cerrados. “Es malísimo”. Y enseguida se corrigió: “Malísima: porque recordemos que el ángel es una mujer”.

   (Septiembre, 2015)

Lo más importante de viajar, creo, es volver. Y de no olvidar quienes nos acompañan aunque nos separen kilómetros de distancia. Julio 2015.


















Estuve en Gordo con Torta: si querés escuchar la nota hacé click:






Si querés ver el corto Rodrigo y todos los demás dirigido por Matías Rodrigo Baudi y realizado por Mauro J. Pérez, Ailín Yanzón Antón y otros talentos clickeá: https://www.youtube.com/watch?v=dEjEGwNZOLE


Presento un fragmento de Rodrigo y todos los demás, publicada por Editorial Cencerro y presentada en octubre 2014. ¡Que lo disfruten!



RODRIGO Y TODOS LOS DEMÁS
(Fragmento)



Mientras que a mí me costó un Perú asumir que me gustaban los varones, Rodrigo, un compañero del secundario, lo supo de chico y lo puso en práctica por lo menos desde segundo año.
“Soy puto” me dijo naturalmente después de la clase de inglés mientras guardaba las cosas en su mochila.
Le había preguntado por qué había elegido al protagonista de la serie El auto fantástico para hacer una composición sobre las personalidades que habían cambiado el destino de la humanidad. No me afectaba que fuese puto, de hecho yo también lo era, sino que aparentase tanta felicidad al respecto.
Rodrigo era un alumno brillante. Estaba segundo en la lista de los mejores promedios del curso y eso lo inmunizaba contra cualquier juicio que pudiera dañarlo. Nadie se metía con él. Todo lo contrario era Ladislao, un compañero de sexto grado que además de afeminado era un desastre como alumno. Hacíamos gestos de dolor cuando Ladislao se equivocaba feo, cosa que sucedía con frecuencia. Los de séptimo lo habían apodado “Frutillita”. Ante cualquier motivo enseguida se ponía colorado. Ladislao era un año más grande que nosotros porque estaba repitiendo. Siempre estaba alterado y era muy desprolijo. Adela, la maestra de lengua, una tarde, harta de su irresponsabilidad lo mandó a la dirección. Inmediatamente se dirigió a su banco y tomó el manual de Ladislao para seguir con la clase. Cuando lo abrió encontró una feta de fiambre a modo de señalador. “Esto es un asco” dijo mirando la aureola de grasa que teñía el libro sagrado del alumno bonaerense. Ladislao dejó el colegio cuando todos pasamos a séptimo –todos menos él porque tuvo que hacer sexto grado otra vez.
Rodrigo estaba siempre impecable. Inspiraba respeto. De todos modos no era muy social que digamos. Se sentaba casi siempre solo y su única amiga era Vanina, que se ubicaba justo detrás de él para copiarse de sus exámenes.
Vanina era la más tetona de la clase. En segundo año ya las tenía grandísimas y todos se volvían locos, hasta los profesores. Algunas maestras la envidiaban. Se les notaba en la cara. Cuando le hablaban le miraban las tetas. Muchos de mis compañeros querían acercarse a Rodrigo para que les haga gancho con Vanina, pero él los ignoraba. Le preguntaban “¿Y, Rodrigo? ¿Ya te le tiraste?” “No, las chicas no me gustan”, les respondía tajante.
A mí mis compañeros ni me registraban. Me consideraba afortunado por pasar desapercibido aunque eso no dependiera de mí. Lo que lamenté fue no lograr, a pesar de haberlo intentado, que el único chico al que sí quería llamar la atención me diera bola. Ese era Rodrigo. Yo tampoco estaba interesado en las tetas de Vanina, por eso cuando estaba con él no sabía de qué hablar.
Algo de Rodrigo despertó mi curiosidad desde que llegó al colegio, pero recién en segundo año del secundario supe qué era. La ocasión de descubrirlo la tuve una tarde cuando Miss Martha, la de inglés, lo amonestó. Desde ese día el interés que tenía por él cobró dimensiones insospechadas.
En realidad Miss Martha lo adoraba: siempre elogiaba su pronunciación. Pero un día, Rodrigo, arrebatado por un capricho escribió con birome una frase del poema que teníamos que estudiar de memoria en el banco. Miss Martha le dijo: “Mañana traé lija. Vas a pulir ese pupitre hasta que quede como nuevo.” Insatisfecha ante la indiferencia de Rodrigo agregó: “Eso no basta” y se volvió hacia mí que estaba de lo más entretenido observando la escena masticando la lapicera. “Te vas a juntar con él y van a hacer un trabajo de investigación.” Como me había sacado un cuatro en el último examen no pude decir nada. Sin embargo la orden de Miss Martha no me perturbó. Todo lo contrario. Me puso contento saber que haría algo solamente con Rodrigo. Tuvimos que ir a la biblioteca del barrio a buscar datos sobre una tribu africana que era la protagonista de un relato inverosímil que estábamos leyendo ese día en el libro de inglés.
“Vamos apenas salimos” decidió Rodrigo.
El último timbre sonó, como siempre, a las cuatro menos diez. La biblioteca, que cerraba a las seis, no estaba lejos del colegio así que teníamos tiempo de sobra.
Yo iba al colegio en una bicicleta que había sido de mi papá. Le ofrecí a Rodrigo llevarlo atrás. “¿Estás loco? –me dijo– ¿Sin casco?”
Fuimos en silencio. Lo seguía despacito, en la bici, por la vereda. A veces bajaba a la calle para verlo caminar. Tenía un andar apretado y ligero. Era menudo y se movía con gracia, levantando el mentón. Tenía un perfil lleno de ángulos agudos: la nariz, los pómulos y los hombros terminaban en punta. Las manos estaban crispadas. El jopo dorado esculpido con gel remataba su cabeza como la corona de un príncipe. En esa ocasión Rodrigo estaba enojado pero no conmigo, con otra cosa, que no podía imaginar qué era. Generalmente estaba de buen humor, ajeno a todo. Su carácter cambiaba cuando su mundo rosado se cruzaba necesariamente con el nuestro, más oscuro y contradictorio.
En la biblioteca se encargó de todo. Quiso que esperásemos a que nos atendiera un bibliotecario al que ya conocía. “¿Ya habías venido acá?” le pregunté. Ni me contestó. No contestaba obviedades.
 El bibliotecario era joven, gordito, de anteojos. “Rodrigo, querido, ¿qué te trae por acá?” le preguntó saludándolo. “Estamos buscando un libro de Apollinaire que se llama Las 11.000 vergas, ¿lo tenés?” Me quedé pasmado. “No, mentira” le dijo con una sonrisa. “Es una broma. Venimos a hacer unos deberes. ¿Tenés algo específico sobre las tribus seminómades del África central, pero en inglés?” El bibliotecario negó con la cabeza, indiferente. “Entonces cualquier libro que tenga algo sobre los negros de África” pidió Rodrigo con una mueca. Al rato el muchacho apareció con una pila de libros pesadísima. Le ordenó que llenara un formulario con todos los títulos que íbamos a consultar. “Bien completito, por favor.” Rodrigo me miró de un modo que entendí que ese trabajo me correspondía hacerlo a mí. Eran diecisiete libros en total. La mayoría tenían títulos largos y los autores, apellidos complicados. En la sala de lectura Rodrigo no se decidía dónde sentarnos. Casi todas las mesas estaban vacías. “¿Y acá no te gusta?” le preguntaba cargado de libros. Después de mucho pensarlo eligió una de las mesas desde la que se veía el mostrador donde atendían al público. Tuvimos que molestar a un señor que estaba sentado cerca. Pensé que era un viejo, pero resultó ser un estudiante de la universidad. Tenía el mate al lado de una pila de apuntes. Rodrigo se acomodó y empezamos a trabajar. Él leía y me dictaba. “Poné que las tribus eran fetichistas.” Yo no sabía muy bien qué teníamos que hacer. Estaba seguro que se trataba de una tarea de penitencia, pero no entendía nada de lo que escribía. Al rato Rodrigo se aburrió. Miraba para cualquier lado. “Permiso –dijo– ya vuelvo.” Y se fue.
Aproveché el descanso y me puse el walkman. Tenía un cassette que me encantaba. Pretendía ser una radio norteamericana que pasaba covers de algunos hits. Mis favoritos eran los jingles de las falsas publicidades.
De repente noté que Rodrigo tardaba demasiado. Lo busqué con la mirada. Me desesperé. Noté que el universitario también se había ido dejando los libros y el mate sobre la mesa. “Este se fue a apretar con el tipo ese” deduje enojadísimo. Pero inmediatamente la indignación se me pasó. Los imaginé y me excité. ¿Estarían besándose en el baño, en el estacionamiento o en algún recoveco del edificio? ¿Estaría en peligro? Sentí la adrenalina circulando en mis venas y esa sensación de vértigo comparable a la que produce la montaña rusa. En un segundo me di cuenta de que Rodrigo me importaba más de lo que suponía; que era el único que me hacía sentir la vida como una auténtica aventura. Descubrí que me gustaba mucho su forma de ser. Incluso entendí, como si me hubieran tocado con una varita mágica, que quería ser como él. Rodrigo parecía haber resuelto problemas a los que yo ni siquiera me había asomado. Su promiscuidad se volvió aventura, su despreocupación se transformó en nobleza y su desfachatez, en valentía. Asumía una fascinación absoluta por los varones que le gustaban con una naturalidad rayana a la soberbia. A mí también me gustaban esos varones, como por ejemplo, el protagonista de El auto fantástico, pero jamás me hubiese animado a reconocerlo. Me dieron ganas de apoyarlo incondicionalmente, de convertirme en su amigo íntimo y de no separarme de él. Podía jurar que nunca me sentiría decepcionado.
Pero esa sensación de amor tremendo por Rodrigo no fue lo único que surgió esa tarde. Se engendró además la imperiosa necesidad de lograr que ese sentimiento fuera recíproco. Tenía que lograr su atracción: que me viera, que me mirase sólo a mí y gustarle. Sí, ese era mi destino. Mi vida cobró sentido en ese preciso instante. Todo se había acomodado en el universo y las imágenes de un big bang llenaron la sala de lectura.
Rodrigo regresó despeinado. Su aparición desvaneció la revelación. “¿No te da cosa?” le pregunté sin mirarlo, sacándome los auriculares. El universitario, algo agitado, vino detrás. Recogió sus cosas y antes de irse lo saludó. Rodrigo le devolvió la atención con un gesto vago. Me miró. “Para nada.” Se puso la camisa adentro del pantalón y me dijo que estaba re-bueno. “Cualquier cosa lo extorsiono.” Se abanicó un poco y se acomodó el jopo. Me preguntó si ya había terminado de copiar lo que estaba en el libro. “Dale que todavía tenés que traducirlo.”
También desde ese día dejó de llamarme por mi nombre y me empezó a decir “Nigoa” que era el nombre del negrito que aparecía en el manual de inglés.

Mucho tiempo después, en Ciudad Universitaria, cuando ingresé al primer año de arquitectura, conocí a Cristian. Fue mi compañero durante toda la carrera. Además de verlo en la facultad coincidíamos cuando viajábamos en el tren que salía de Plaza Constitución. Noté que se bajaba en una estación antes que la mía. Tenía una carpeta para guardar los dibujos adornada con fotos de algunos grupos de música sofisticados: O.M.D., Alan Parsons Project Black Box. Todos tecno. Cristian no se sacaba nunca los lentes oscuros. “La claridad me mata” decía quejándose. Era muy meticuloso; me gustaba la forma en que hacía los trabajos para las materias que cursábamos juntos. Tenía una letra muy clara. Nos hicimos amigos cuando tuvimos que armar grupos para un trabajo práctico y me presenté enseguida comentándole la ventaja de vivir cerca. “Mirá qué observador resultaste” dijo con una sonrisa irónica. Gracias a él entendí cómo usar el escalímetro, algo fundamental para arquitectura.
Cristian se hacía el que no me conocía pero en realidad ya nos habíamos visto en el baño del tercer piso demorándonos en los mingitorios. Yo empecé a ir cuando me aburría en las clases y para tener sexo con cualquiera. Tuve épocas. Nunca supe bien de qué dependía eso. A la noche el baño se llenaba de gente que incluso venía de otros lados nada más que por el levante. Cristian también iba pero si lo encaraba apartaba la mirada hacia otra persona. Una vez fui a la facultad mucho antes del horario de clase sólo para ir al baño y entró él. Tenía los anteojos de sol puestos pero sé que me reconoció. Al rato nos quedamos solos. Esperó un momento y como no entraba nadie se subió el cierre y se fue. Ese rechazo me angustió mucho porque no entendía qué no podía gustarle de alguien como yo. Sin embargo, creo que por eso mismo pudimos hacernos amigos íntimos. “Con los amigos no se coge” me dijo más tarde.
Recién en tercer año de la carrera tuve la oportunidad de conocer su casa. Teníamos que terminar un trabajo práctico grupal para una de las materias más densas. Fui el primero en llegar. Mariana y Marcela, dos compañeras que venían de capital habían avisado que estaban demoradas. Esa tarde, cuando pasé al comedor, me quedé mudo al reconocer la cara de Rodrigo en una foto colgada en la pared. Pensé que me había equivocado, pero no, era él. Hacía más de tres años que no sabía nada de Rodrigo y todos sus recuerdos me invadieron en una enésima de segundo como una sobredosis. Cristian me decía que quería mudarse y no sé qué cosa de su familia pero yo no podía dejar de mirar esa foto enmarcada a la altura de mi nariz. Rodrigo estaba al lado de Cristian que tenía puestos sus lentes oscuros. Era su sonrisa, su peinado y su manera de pararse. “¡Pero este es Rodrigo!” interrumpí agarrando el portarretrato. La foto parecía reciente. Estaban sentados en una plaza. Rodrigo estaba feliz. Una chica los acompañaba. Era Vanina. “¡Vanina!” exclamé enseguida medio ahogado. Cristian se acercó y me sacó la foto de las manos. “Dame. Ah, es mi ex. Él –aclaró–. Ella era una amiga. ¿Los conocés?”
Ahí nomás, sin salir del asombro, le conté a Cristian que Rodrigo había sido mi mejor amigo del secundario. Exageraba, pero a él qué podía importarle. “Bueno, bueno –me dijo– parece que tenemos más cosas en común de las que creíamos.”
“Cuando lo vuelvas a ver mandale saludos míos”, le pedí.
“Es mi ex”, repitió con las cejas bien altas. “No sé cuándo me va a llamar. Viste cómo es él. Una laucha.” Puso la foto donde estaba.
Así me enteré de que Cristian y Rodrigo habían sido novios. “Mi chico”, como llamaba Cristian a su pareja, era Rodrigo, la persona que me había obsesionado tanto tiempo. Lamenté no querer conocer a “su chico” cada vez que iba a encontrarse con él a la salida de la facultad. Qué error. Tardaría meses en perdonármelo.
Cristian no quiso hablar más del tema. Al rato llegaron nuestras compañeras y nos invitó a que nos acomodáramos alrededor de una mesa redonda para trabajar. Desde ahí me pasé toda la tarde mirando de reojo la foto en la que Cristian, Rodrigo y Vanina me refregaban su felicidad.
“Ché, ¿qué te pasa?” me preguntó Mariana.
“Nada. Miraba la hora”, dije distraído. Marcela buscó un reloj que no existía.
“¿Y qué hora es?”
“Y yo qué sé. Tardísimo.”

Desde que Cristian supo que Rodrigo me interpelaba, me torturaba contándome todo de manera fragmentada, confundiéndome y dejándome algunos blancos. Nunca entendí bien cuánto tiempo habían estado juntos. Por lo que decía pude deducir que ocho o diez meses a lo sumo. Yo trataba de no ser pesado pero me importaba mucho más saber algo de Rodrigo que cualquier cosa vinculada a arquitectura.
En el tren, cuando volvíamos de la facultad, Cristian esperaba a que llegáramos a la estación en la que bajaba para decirme “Y eso que todavía no te conté lo mejor.” Si estábamos en el aula y veía que se acercaba alguien me decía: “Después te sigo contando.” Parecía las mil y una noches.

Cristian me contó que Rodrigo se había tatuado en la cintura un término con caligrafía islámica. Se trataba del nombre de su hermano, el único que tenía, cinco años más grande que él, y que a su vez el hermano se había tatuado, en el mismo lugar y con el mismo estilo, el nombre de Rodrigo.
“¿Y con alguna figura?”
“Sí, dos víboras enroscadas” respondió Cristian concluyente.
“Dios mío. ¡Qué audaz!” dije con la mano en la boca.
“Así” aclaró haciendo una “C” con el pulgar y el índice de su mano.
Al hermano de Rodrigo le decían Pisco. Lo vi varias veces en el colegio, siempre desde una distancia prudente porque su altura y edad me intimidaban. Era “grande” y pensaba que su vida era parecida a la de los protagonistas de las series que veía en la tele: llena de aventuras, novias y éxitos. Había visto una foto suya en el colegio. En el pasillo de los muertos, que así llamábamos al corredor del edificio principal, estaban colgadas las fotos de los cursos que habían egresado desde que lo fundaron. A veces íbamos con algunos compañeros sólo para reírnos de una foto en la que aparecía la profesora de latín cuando todavía era alumna. Había salido con la boca abierta. También exponían fotos de ciertos eventos que habían sido importantes para el colegio. Entre las fotos más recientes estaba la del equipo ganador de un torneo de rugby en Mendoza. Debajo de la pancarta estaba el chico más alto de todos: Pisco. Vanina me lo había señalado. Era mucho más corpulento que Rodrigo y más rubio también. Me recordaba a un juguete que era de mi hermano al que llamábamos el Temerario. Se trataba de un muñeco forzudo y listo para la batalla. En la foto Pisco exhibía las ondas de su cabellera. Rodrigo en cambio por ese entonces usaba el pelo liso y más corto. Vanina suspiró: “Son dos gotas de agua.”
Pisco se cambió de colegio antes de terminarlo. Se pasó al Colegio Nacional. Yo fabulaba. Imaginaba una historia trágica de amor entre los hermanos pero más tarde, cuando se lo comenté a Cristian, me retó. Dijo que eran puras ideas mías.
Uno de los lazos que creía que me vinculaban indisolublemente al destino de Rodrigo era la similitud de nuestro entorno familiar. Ninguno de los dos teníamos papá y la presencia de un único hermano mayor era trascendental. Pisco y Rodrigo eran muy unidos. Pisco visitó a su hermano en los recreos durante sexto y séptimo grado. Venía del edificio donde cursaba el secundario y se quedaba un rato en el alambrado que bordeaba el patio hasta que Rodrigo iba a su encuentro. Un toque nomás, pero siempre. Al principio llegué a suponer que Rodrigo tenía problemas. “A este le falla el marulo” pensaba. Pero en la primera entrega de boletines me di cuenta de lo equivocado que estaba. Le habían puesto todo nueve y diez.
Una tarde Pisco entró al aula y le trajo el terrarium que había que hacer para Naturales. Era una pecera de cristal enorme y pesadísima. “Lo ayudé un poquito” le confesó a la señorita Irene que estaba fascinada. Era una tarea que debía haber realizado Rodrigo solamente. A mí no me había ayudado nadie. Y se notaba: el frasco que había usado no cerraba bien y lo único que logré fueron unos yuyos moribundos. Ellos le habían puesto miles de fantasías. Entre las plantas habitaban los muñequitos que venían de regalo en unos chocolatines. Por fuera los vidrios estaban decorados con calcomanías que coleccionábamos para jugar con figuritas. La maestra los felicitó y nos pidió un fuerte aplauso para los dos. Obedecí eufórico.
Yo hubiese querido enamorarme de Alberto, mi hermano mayor, pero como me odiaba fue imposible. Alberto era apenas un año y medio más grande que yo. Su aversión contra mí comenzó un verano cuando mi mamá nos inscribió en un grupo de scouts. Alberto, que acababa de cumplir nueve años, era el más interesado de los dos y me había prometido que conoceríamos al Oso Yogui, un dibujito animado que vivía en un Parque Nacional que me encantaba. No duré ni una hora. Me agarró un berrinche descontrolado cuando mi mamá se fue y me separaron de Alberto. La decepción fue doble: ni Oso Yogui ni la cercanía de mi hermano para reprochárselo. Me saqué la mochila y la alejé de una patada. Me ofrecieron un vaso con gaseosa y también lo revoleé. No quería saber nada con otra cosa. Chillaba como la sirena de los bomberos. Me calmé de inmediato cuando me dijeron que podía ver cómo armaban el pesebre de Navidad. Cuando terminaron pregunté por qué no habían puesto al Oso Yogui. Ahí terminó mi vida de scout. Por suerte al mediodía mi mamá nos fue a buscar. Cuando la vi llegar salí corriendo pero no a su encuentro sino a meterme en el auto. Ella habló un rato con los organizadores y volvió. Yo me alegré cuando dijo la única frase que necesitaba oír: “Vamos a casa”. Quiso saber la razón por la cual no quería regresar a los scouts. No sé qué le habré contestado. Miraría por la ventanilla del auto. Alberto en cambio duró toda la primaria. Es más: ese mismo día le pidió permiso para quedarse con sus nuevos amigos jugando a cosas con reglas muy específicas. “Vamos a tener que ir pensando qué vas a hacer los sábados a la mañana” me dijo mi mamá.
Poco tiempo después, durante un recreo en el colegio, quise jugar a la pelota con un grupito de varones entre los que estaba Alberto. Era raro que yo quisiera jugar a la pelota; era un juego que no me gustaba. Pero por alguna razón quería estar con él. Y no pude: le dijo al resto de sus compañeros que yo era rengo. Yo juraba que era mentira y lo demostraba marchando como un soldado. “¡Miren! ¡Miren! ¿Ven?” gritaba como un lunático. Fabián, un compañero suyo, fue el único que me consoló: “Mi mamá es traumatóloga” me dijo.
Cuando tuve doce años, mientras él miraba la tele embobado, lo retraté con birome en un cuaderno de hojas blancas. Me gustaba dibujar y estaba orgulloso de eso. Se lo mostré y al toque arrancó la hoja del cuaderno y la rompió. Después, como una bestia, me rompió todo el cuaderno.
Supongo que la distancia entre nosotros se instaló de manera definitiva cuando nuestro papá se murió. Todavía estábamos en la primaria. Fue muy repentino. Primero tuvo un paro cardíaco y a los pocos días, internado, falleció. No me dejaron ir al velorio ni al entierro. A Alberto, sí. Él y mi mamá estuvieron muy tristes. Yo no sabía bien qué sentía concretamente, pero recuerdo que había caído en un estado de confusión absoluto. Trataba de no molestarlos y me pasaba horas haciéndome el dormido. Mi tía que vivía en Bahía Blanca se quedó con nosotros por un tiempo y se fue recién cuando mi mamá se recuperó y Alberto volvió al colegio y a sus otras actividades. Yo sentía que Alberto estaba enojado porque no sufría como él. Durante años debió creer que a mí no me había afectado la muerte de papá. Tal vez tardé demasiado en demostrarlo.
Desde que tuvo 15 Alberto solía desvelarse. Se quedaba viendo la tele hasta que cortaban la señal. Después ordenaba sus cosas en el placard o jugaba solitarios. A la mañana le costaba levantarse.
Más tarde, cuando yo volvía tardísimo de la facultad, él era el único que estaba despierto mirando embobado, como cuando éramos chicos, algún programa en la tele.

El mejor alumno de toda la secundaria fue Augusto. Fue compañero mío desde primer grado. Era rubio, alto y tenía los ojos claros. “Todo al pedo, –decía Vanina– es feísimo.” Augusto escupía un poco cuando hablaba. Tenía una mirada tonta y sin embargo se sacaba diez en todo, hasta en gimnasia. Le gustaba mucho el deporte. Iba a un club donde jugaba al rugby. Era súper competitivo. Siempre era el abanderado en los actos y engalanado y todo, mientras cantaba el himno se babeaba un poco. Nunca cerraba la boca, aunque no hablara. Me preguntaba cómo era posible que él fuera el elegido si Rodrigo era mil veces más despierto. Augusto era más chupamedias y a Rodrigo no se lo bancaba. A lo mejor suponía una amenaza para su posición. A Rodrigo lo tenía sin cuidado.
En séptimo grado, al volver del recreo largo, Augusto apareció con olor a caca en las manos. Las tenía limpias pero se las olía y fruncía el ceño. Después corrió la noticia de que las paredes de uno de los gabinetes del baño de varones estaban embadurnadas de mierda. Durante años todos mirábamos desconfiados las manos de Augusto.

Rodrigo llegó al colegio en sexto grado. Lo presentó la señorita Ofelia, la directora, en la primera hora de clase y nos contó que venía de muy lejos, de una ciudad que se llamaba Ushuaia, aunque había nacido en capital. Inmediatamente me pregunté si no conocería a mi tía, la de Bahía Blanca, que también vivía súper lejos. La directora también nos contó que se incorporaba en cuarto año del secundario su único hermano, “un gran deportista”. Ofelia se apoyaba sobre los hombros de Rodrigo. “Espero que sin demoras lo traten como a un amigo” nos sugirió antes de irse del aula. Rodrigo estaba con el uniforme nuevo y los zapatos lustrados. Tenía la boca cerrada y apretaba los labios con fuerza. Miraba el techo. También miré por un instante para arriba. Lo único que vi fue el ventilador. El pelo, rubio, lo tenía cortado igual que yo o sea, como Carlitos Balá. Noté que nos parecíamos pero enseguida recordé mi cabello oscuro y mis lentes. Desde tercer grado, debido a una leve miopía, tuve que usarlos de manera permanente. Lo seguí con la mirada hasta que se sentó en un banco libre y sacó de su portafolio la cartuchera de la Pantera Rosa. De pronto me dieron ganas de tener una igual. Con el tiempo Rodrigo se fue haciendo notar. Los maestros destacaban su inteligencia y sensibilidad. Los varones del curso, en cambio, la facilidad con la que se acercaba a Vanina cuyas tetas crecían como masa con demasiada levadura.
Rodrigo cambió de look cuando ingresó al secundario. Volvió de las vacaciones renovadísimo, tal vez porque en ese verano su familia sufrió varias transformaciones. Se acababan de mudar a una casa más chica aunque en el mismo barrio. Supongo que ya se habría acostumbrado a trasladarse. Su hermano Pisco había tenido que cambiarse de colegio y sus padres se estaban divorciando. Me enteré todo por Vanina. Rodrigo le contó que su papá se había ido de la casa para siempre. “Encima se llevó el coche” me aclaró Vanina. Desde entonces Rodrigo se produjo más y empezó a desinhibirse sin sentirse juzgado. Vanina también me comentó sus futuros planes. “Se quiere poner un arito acá” y se señaló la ceja. “¡Por Dios! ¡Lo van a expulsar!” exclamé preocupado. Rodrigo comenzó a demostrar sus simpatías por las heroínas de algunas telenovelas y hasta se lo vio jugar al elástico con las chicas de séptimo. Sus notas ascendieron y llegó a ser escolta de la bandera. Pero a medida que afirmaba su nueva personalidad, más se aislaba. Logró evadir la atención de mis compañeros que estaban insoportables con los apodos y las cargadas. Sólo una vez, para referirse a él, escuché que dijeron “el rarito”.
Todas las mañanas Rodrigo llegaba al colegio acompañado de Vanina. La pasaba a buscar temprano y a veces desayunaban juntos. A la salida, después del último timbre del turno mañana, se encontraban otra vez para volver juntos. Los dos caminaban parecido. Vanina se arqueaba para enfatizar el volumen de su delantera. Desde el día en que tuvimos que hacer el trabajo en la biblioteca me acostumbré a observarlos cada vez que salíamos del colegio. Rodrigo hacía pasos de baile que copiaba de cualquier grupo de música que estuviese de moda y se los mostraba a Vanina que intentaba aprenderlos. Desde la bici trataba de mantener la pedaleada lo más lenta posible para verlos hasta que finalmente desaparecían. Una vez, por no quitarles los ojos de encima, casi me atropella el micro naranja de los escolares.
Rodrigo bailaba muy bien. Sacudía el jopo y se sabía letras en inglés. Podía hacer varias coreografías de Fama, la serie que pasaban por la tele a las siete de la tarde. En el colegio, Miss Pámela, la maestra de música, nos había enseñado a bailar nada más que la polquita. Él sabía muchas danzas más. Hacía pasos de breakdance, el robot, el vidrio y la caminata para atrás. Era un as. En cambio yo era de madera.
Cuando tuve más o menos veinte años me anoté en un curso para aprender a bailar tango. La propuesta era interesante porque era exclusiva para varones. “A ver quién es el macho que se anima al dos por cuatro con otro macho” decía el anuncio. Lo encontré en una revista de contactos que se entregaba gratis en algunos bares. El estudio –así decía– quedaba en San Telmo. La primera clase era sin cargo y por eso me encontré con un grupo numeroso. Rogelio, el profesor, tenía unos bigotes como los de Dalí y estaba maquillado. Nos hizo colocar en ronda y nos enseñó el paso básico dibujando una “L” en el piso. Decía que la danza del tango era una lucha de géneros y para bailarla entre varones sólo había que entender que un apretón en la espalda o una insinuación con la mirada señalaba llevar o ser llevado por el compañero. A mí me tocó practicar con un señor que se llamaba Marcel. Me empeñaba en hacer el paso básico con firmeza pero mi compañero estaba aterrado. Finalmente me explicó con discreción: “Tengo una prótesis de titanio en la cadera. Vayamos marcando despacito, nomás.” Al rato, por suerte, cambiamos de pareja. Al salir Marcel me pidió el teléfono. Yo le di uno falso y por las dudas no volví más.

El colegio al que fuimos mi hermano y yo desde primer grado era privado y de doble escolaridad: en el turno de la mañana cursábamos las materias comunes y a la tarde las que se daban en inglés. Lo había fundado una familia escocesa. El secundario también lo hicimos ahí. Mi hermano le decía “la empresa”.  Y siempre, después de desayunar, se despedía diciendo “me voy a trabajar”.
El colegio nos obligaba a usar blazer, camisa y corbata. A Rodrigo y a Vanina los uniformes les quedaban bárbaros. Los preceptores nos tenían prohibido alterarlos pero Rodrigo se las ingeniaba y lograba un estilo propio. Usaba la corbata con un nudo chiquito y los pantalones achupinados. Vanina fue amonestada varias veces por llevar el jumper por encima de las rodillas. En primer año Rodrigo dejó el corte taza para hacerse unos jopos cada vez más atrevidos. Usaba gel, gomina y fijador en spray. “¿Estás desafiando la ley de gravedad?” le preguntó Dora, la profesora de física, señalando su peinado cada vez más vertical. Yo seguí con el flequillo de Balá hasta tercero.
Al segundo turno Rodrigo y Vanina volvían caminado juntos otra vez. Y al salir del colegio, a las cuatro menos diez, también se iban como habían llegado.
Suponía que volvían a lo de Vanina, pero no. Resulta que casi siempre iban a la casa de Rodrigo, donde merendaban, porque Vanina estaba enamorada de Pisco. Lo sabía todo el mundo. Había escrito su nombre en todas las hojas de su agenda. Usaba letras de colores y stickers con corazones. Rodrigo también tenía una agenda particular. Como la de todas las chicas la suya tenía mil fantasías adheridas: figuritas con brillantina, fotos de sus cantantes favoritos y la de algunos jugadores de fútbol, pero la guardaba en su mochila apenas terminaba de anotar algo en ella. Era comentada la foto que tenía de un conocido tenista que promocionaba una marca de ropa interior semidesnudo.

Yo no iba a los cumpleaños de mis compañeros. En la primaria sí, pero porque mi mamá me obligaba. En el secundario no. Por un lado porque no me invitaban y por otro porque no tenía nada que ver con ellos. Mientras cursé cuarto año fui a un taller de teatro que se dictaba los sábados a la mañana en el Colegio Nacional, que estaba a pocas cuadras del nuestro. Fue una idea de mi tía, la de Bahía Blanca. Ahí conocí a Lisandro. Lisandro era el mejor de todos actuando y encima el líder del centro de estudiantes. A diferencia de sus compañeros no odiaba mi colegio pero quería que yo fundase un centro de estudiantes. “¿Estás loco? ¿Querés que me maten? Olvidate” le dije, aunque imaginaba a Rodrigo en ese lugar luchando por nuestros derechos y organizando festivales. El primer día del taller Lisandro nos había invitado a todos a su cumpleaños. “Podríamos hacer unas improvisaciones” dijo entusiasmado. La fecha de la fiesta coincidió con el cumpleaños de mi tía que había venido especialmente de Bahía Blanca y no pude ir.
Poco después, un viernes, me enteré por casualidad que Augusto iba a festejar su cumpleaños esa misma noche. Lo llamé apenas unas horas antes para contarle que me hubiese gustado que me incluyera. Exageré aprovechando lo poco que había aprendido en teatro. Todo era cuestión de argumentos. Le dije que los amigos de verdad no se comportaban así.
“Y bueno, si querés venite” me dijo.
Y fui.
La fiesta resultó un plomazo salvo por Rodrigo que por suerte había ido. La mayoría eran todos amigos del club al que iba Augusto a jugar al rugby, por eso estaba Pisco. Y Pisco había ido con su hermano. A Augusto no le cayó nada bien la presencia de Rodrigo. En cambio a mí me puso muy contento verlo sin el uniforme del colegio. Los dos hermanos estaban vestidos exactamente igual. La misma remera y las mismas zapatillas. No le dieron bola a nadie. Se la pasaron sentados en un sillón charlando entre ellos. Se comparaban los relojes, los cronometraban o algo así y se los intercambiaban. Después llegó Vanina que estaba mortal con unos pantalones ajustados y una vincha de elástico que le dejaba todo el pelo para atrás, súper lacio. Como Pisco y Rodrigo tampoco le dieron mucho calce se vino conmigo. “¿Y vos acá? Qué raro”, me dijo. Enseguida agregó: “Yo estoy esperando a las chicas”. Asentí sin ver a ninguna de mis compañeras. Desde una distancia prudente Augusto y sus amigos del club la señalaron y por un momento me sentí importante. Nos servimos una cerveza y después de pensarlo la saqué a bailar poniendo cara de serio.
“No, mejor no” me cortó en seco. Se puso unos anteojos espejados. No entendía para qué si eran como las dos de la mañana. Al rato adiviné. Los dos mirábamos para el mismo rincón donde Rodrigo y Pisco estaban en su mundo, lo más bien. Ella con esos lentes disimulaba mejor.
Los del club empezaron a fumar y a beber cada vez más. Elevaron la voz y se escucharon carcajadas. Se pusieron a bailar con la música a todo lo que daba. Vanina se fue con un amigo de Augusto que tenía puesto un buzo con unas letras de una universidad norteamericana y un cinturón de cuero negro con una hebilla enorme. Lindísimo. Bailaban tímidamente entre otras parejas. En el tumulto noté que el sillón de los hermanos estaba vacío. Los busqué con mi mirada telescópica pero no los encontré.
Decidí irme. Si no lo hacía nadie notaría la diferencia. Crucé la sala donde estaban bailando y me fui sin saludar.
En la esquina esperé al colectivo. A lo lejos se escuchaba la música de la fiesta. Como el colectivo no venía decidí volver a pie. Durante la caminata sentí frío. “Bueno, ya está, –pensaba– ya pasó el garrón.”
Cuando llegué a mi casa me di cuenta de que me había olvidado en lo de Augusto la campera de tela que me había comprado mi mamá. Era una campera que me hacía más espalda. Me apenó perderla pero decidí no reclamársela jamás.

Cristian y Rodrigo se conocieron en un colectivo cuando tenían veinte años. Cristian había estado en el supermercado y compró de todo. Se sentó y puso las bolsas en el asiento vacío que tenía a su lado. Pero el colectivo comenzó a llenarse y cuando Rodrigo subió le pidió a Cristian que corriese las cosas para poder ubicarse. Se acomodaron. A Cristian le agarró sed. Buscó entre las compras la gaseosa que había conseguido en una de las ofertas. Era una botella de tres litros de difícil manipulación. Tomó un trago del pico. Recibió de Rodrigo una mirada desconfiada. El gusto era demasiado artificial así que leyó con atención la etiqueta del envase. “Esto es pintura” dijo bajito antes de volver a tomar otro trago.
El colectivo dobló con brusquedad. Cristian perdió el control de la botella que se volcó sobre Rodrigo.
“¡Puta madre!” dijo Rodrigo mirándose el líquido sobre la ropa.
Cristian todavía tenía el buche lleno y logró agarrar de nuevo la botella que por la presión volvió a largar un chorro descontrolado. Esta vez dio sobre la cara de Rodrigo que estaba inclinado sobre sus rodillas, limpiándose.
“¡Pará, la concha de tu madre!”
“¡Por Dios, perdoname!”
Todos los pasajeros miraban de reojo. Se preguntarían cómo se resolvería el accidente. A los chicos no les importó. Lo solucionaron a los besos poco después, en lo de Cristian.
La relación prosperó. No vivían lejos uno del otro. Además, como los dos estudiaban, se veían a la salida de sus respectivas facultades. Solían ir a bailar y al aeroparque a ver los aviones. Cristian llegó a conocer algo de la misteriosa familia de Rodrigo pero fue éste quien más se incorporó a la familia de Cristian. Rodrigo le presentó a Vanina y una tarde de primavera hicieron un picnic en la plaza del barrio. Antes de levantar todo congelaron el momento con una foto preciosa disparada con el automático. Esa era la foto que vi la primera vez que fui a estudiar a la casa de Cristian.
Apenas terminó el colegio Rodrigo decidió aprender publicidad en un instituto privado. Fue una decisión que tomó de golpe. Cuando en quinto año le preguntaban qué carrera iba a seguir no dudaba en exponer dos opciones. “No sé si Diseño de indumentaria o ingeniería en el Balseiro.” Yo tampoco sabía qué carrera seguir y sin embargo cuando me lo preguntaban no dudaba. Decía cualquier cosa pero con seguridad: “Voy a estudiar veterinaria.”

Los primeros meses que siguieron al finalizar el secundario fueron horribles. Tanto tiempo pendiente de Rodrigo no me hizo nada bien. La necesidad de estar con él fue imperiosa. Dejar de verlo todos los días fue un shock que me provocó un desorden mental. “Lo importante es que no se note” pensaba mientras le escribía a escondidas una tarjeta para saludarlo por las fiestas de fin de año.
Lo que menos me imaginaba era que nunca más nos volveríamos a ver.
Rodrigo, Rodrigo y Rodrigo. Siempre tenía algún motivo para pensar en él. Cuando mi cabeza se calmó un poco logré salir con otros chicos pero esas relaciones no duraron. Por algún lado la imagen de Rodrigo reaparecía como una alucinación o en forma de señal reveladora.
No sólo me desestabilicé emocionalmente. También sufrí un desarreglo hormonal. Una papada se adueñó de mi cuello y los pantalones dejaron de abrocharme. Aunque hacía esfuerzos enormes por seguir dietas que copiaba de las revistas que tenía mi mamá engordé casi quince kilos. “Pegaste el estirón” me explicaba ella con naturalidad. La ansiedad me provocó un sarpullido en la cara que dejó huellas y encima cada vez que me cortaba las uñas de los dedos de los pies terminaba mutilándome. Sentí que perdía la motricidad fina. “Alguien va a quedarse pelado en esta casa” dijo el plomero que vino a destapar el desagüe de la bañadera con un mechón de mi pelo en sus manos. Obtuve de mi hermano una mirada afligida por mi estado. Alberto siempre fue el flaco de los dos y nunca dejó de ir a la canchita a jugar al fútbol con sus amigos. Era asmático pero no se notaba. Cuando me vio tirado como un chancho durante horas en el sillón del living de casa mirando un canal de compras me tiró un pedazo de pan. “Volvé al zoológico, nene” me dijo.
Alternadamente con “Rodrigo-Rodrigo-Rodrigo” pensaba “Tengo que adelgazar-adelgazar-adelgazar.”

 La última vez que vi a Rodrigo fue cuando recibimos el diploma de egresados en el colegio. Yo todavía era delgado. Terminábamos quinto año y festejábamos con todo el curso como si nunca más nos fuéramos a separar. Rodrigo no: él parecía más solo que nunca. Estela, su mamá, estaba en la entrada del salón de actos aferrada a su cartera. También estaba Pisco, pero en la calle porque tenía prohibida la entrada al colegio.
Ese día juré que intentaría conquistar a Rodrigo otra vez. “Me vas a perdonar y te vas a enamorar de mí.” Me puse firme. Apretaba los dientes y mantenía los brazos pegados al cuerpo como un gendarme. Trataba de parecer excitado por la graduación pero internamente estaba poseído por mi juramento. Estaba dispuesto a cambiar cualquier cosa por él. Decidí que diseño de moda o ingeniería en Bariloche también podía ser lo mío.
“El futuro es vuestro” decía Edmundo, el rector, en su discurso final alzando el dedo. “Jóvenes: Hoy comienza una nueva etapa.” Yo repetía esa frase cerrando los ojos con fuerza. Sabía que Dios me iba a dar una oportunidad más para seguir junto a Rodrigo. Era conciente de que no lo había logrado pero todavía estaba a tiempo. Rodrigo ni se inmutó cuando Miss Martha lo llamó para darle el título. Bajó de las gradas, subió al escenario, agradeció y volvió a sentarse donde estábamos nosotros cantando, alentándonos y jurándonos eterna lealtad. En la foto que me sacó mi mamá ese día se ve claramente que lo único que me importaba era él. Yo lo miro desde abajo y él, en la grada más alta, mira el flash de la cámara de mi mamá. El disparo lo captó serio y con los ojos encendidos como brasas.

Rodrigo rechazó el sobre con la tarjeta de fin de año que le había escrito. Lo mandó de vuelta sin siquiera abrirlo. “Tengo que cambiar de estrategia” pensé. Me sentí desgraciado y me deprimí. No salí de mi casa durante varios días. Apenas me asomaba del cuarto. Miré muchísima tele. Mi mamá decía que era cosa de la edad. Dejé que la vida se resuelva por inercia y viví únicamente de los sueños. Trataba de planificarlos y rogaba soñar cosas lindas. Soñaba que Rodrigo y yo éramos los dueños de una fundación en capital y los niños huérfanos eran nuestra familia. La única mujer era mi mamá y trabajaba en el comedor. Pisco y mi hermano también formaban una pareja y les enseñaban a los chicos cosas como deportes y ciencias. Rodrigo y yo dirigíamos el lugar y montábamos musicales fabulosos. Otras veces soñaba algo similar pero era un parque de diversiones y en vez de mi mamá estaba mi tía de Bahía Blanca.
Rodrigo fue diluyéndose en la realidad para cobrar roles fantásticos en los sueños. Trataba de no nombrarlo. A fines de febrero fui a Bahía Blanca para visitar a mi tía. Me llamó para decirme que ya había sacado los pasajes en micro y me propuso pasar con ella una semana. No pude evitar imaginar ese viaje acompañado por el equis, pero fue sólo por un instante porque enseguida lo desvanecí. Armar el bolso, las horas en el micro y después el viento del puerto me hizo bien. De hecho, al tercer día ya quería volver a Buenos Aires. Adelanté la vuelta. A mi tía no le importó y mientras regresaba dejé que Rodrigo, el equis, se fuera por la ventanilla.
Recién en el mes de marzo, creyendo que lograba distanciarme de él, me anoté en arquitectura. Su recuerdo mermó tres años hasta que di con la foto en lo de Cristian. Rodrigo, o lo que yo creía de Rodrigo, volvió recargado.
Esa imagen despertó lo que con mucho esfuerzo había logrado adormecer.
Según Cristian, Rodrigo dejó la carrera de publicidad al poco tiempo de haber empezado. Mientras esperábamos unas fotocopias en la librería de la facultad me contó que le iba bien aunque no lo seducía el mundo de las agencias y del marketing. Entonces se anotó en el conservatorio de arte dramático al que finalmente entró. “Tuvo que rendir un examen de ingreso muy riguroso” me explicó. Rodrigo, como era desinhibido, era ideal para actuar y seducir. Sospeché que durante todo el secundario no hizo más que montar un personaje perfecto, sin fisuras ni contradicciones. Cuando empezó el conservatorio dejó a Cristian y también la casa en la que vivió desde chico. Desde entonces apenas hablaban por teléfono.
Siempre me intrigó lo que Rodrigo pensaba de mí. Nunca pude dejar de estar pendiente de su aprobación. En la camisa de séptimo grado que usamos para firmar y escribir declamaciones de indestructible amistad puso únicamente su nombre. “Rodrigo.” Dibujó una caligrafía emperifollada aunque clara y precisa. Se había tomado su tiempo por lo que mis expectativas eran altas. “¿Ya está?” “No. Falta.” Cuando terminó le pregunté: “¿No me ponés nada más?” “No” y levantó los hombros. Igual yo estaba satisfecho. Me parecía una firma logradísima. “La escribió con una bic” explicaba yo más tarde.
Del secundario tenía pocas anécdotas con él. La de la biblioteca, la de la mapoteca, la vez que nos rateamos a lo de Robertito y la del viaje de egresados. Como ninguna era muy feliz me convencía de lo contrario convirtiendo pequeñas situaciones cotidianas en trascendentales. Me alegraba si coincidíamos en la librería del barrio o si habíamos visto lo mismo en la tele la noche anterior.
Apenas entró al aula, Amanda, la profesora de geografía, me mandó a buscar el mapa físico de Asia y Oceanía que necesitaba para explicarnos los accidentes costeros. “Rápido, nene” me dijo sin siquiera saludar. Amanda era una mujer con un carácter irascible que nos inspiraba terror. La mapoteca estaba debajo de las escaleras que llegaban al primer piso. Era un lugar pequeño, incómodo y sin ventilación que guardaba material didáctico como láminas, globos terráqueos, reglas, compases para los pizarrones y algunos relieves de yeso para las clases de dibujo. Entré y prendí la luz. Olía a encierro y la iluminación era débil y amarillenta. Los mapas, que eran enormes, estaban enrollados y ordenados en unos estantes contra la pared. En cada uno estaba escrito un número que correspondía a una lista pegada al costado que funcionaba cómo índice. Ahí leí “Número 4: Asia y Oceanía. Físico”. Tomé el cuarto y lo llevé lo más rápido que pude. Estaba por dárselo, pero me quitó el mapa violentamente de las manos. “A tu lugar” me ordenó. Cuando me senté estallaron las carcajadas de mis compañeros. “¿Pero me estás tomando el pelo?” gritó desde el frente Amanda alterada. Lo que colgaba en el pizarrón era una lámina que ilustraba los instrumentos de viento diferenciando los de madera y los de metal. “¡Basta!” exclamó con su voz ronca de fumadora. Apuntándome con el dedo continuó: “¿Pero vos no sabés acaso lo que es un mapa? Llevate esto y traeme lo que te pedí.” “Amanda y la puta que te parió” pensé. Ella me amenazó: “No entres a la clase sin el mapa que necesito.” Volví furioso a la mapoteca con los instrumentos de viento y descubrí que todos los mapas y láminas estaban mal ordenados. En el primer estante donde debía estar el planisferio habían colocado la lámina con el diagrama de los órganos sexuales femeninos. Estaba intervenido. Del pecho de la figura salía una flecha que decía “concha.” Del pelo, del ombligo y de las axilas, también. Empecé a desenrollar cada lámina esperando que apareciese el bendito mapa físico de Asia y Oceanía. El tiempo pasaba y la mapoteca se desordenó completamente. Parecía que hubiera estallado la bomba nuclear. Sin querer, con la varilla de uno de los mapas rompí la lamparita y quedé en plena oscuridad. “¡Ahora esto!” De pronto la puerta se abrió y entró Rodrigo. Lo reconocí por el contorno de su figura y el tamaño de su jopo que contrastaban con la luz exterior. Me encandilé y fruncí la mirada. Rodrigo parecía un enviado del cielo. Me alegré enseguida y le dediqué mi mejor sonrisa. Me ignoró olímpicamente y de atrás de la puerta tomó el rollo que estaba apoyado en una de las esquinas de la mapoteca. “Es éste. Vamos.” Creí que eso era una escoba. Cuando entramos al aula y la profesora colgó el mapa correcto nuestros compañeros aplaudieron. En mi banco me encontré desaliñado, abatido y con las manos llenas de polvo. En cambio, Rodrigo estaba impecable. “¡Disciplina!” gritó Amanda desde el pizarrón.

Mientras hacíamos la fila para inscribirnos a los exámenes finales, Cristian me contó que Rodrigo lo había llamado por teléfono para pedirle los datos del dentista al que iban cuando estaban de novios. En la charla Cristian le mencionó que me había conocido. Según Cristian, dijo: “Ah, sí. Se sentaba en mi misma fila. Fuimos compañeros desde sexto grado.” “¿No te contó nada más?” le pregunté a Cristian. “Sí, que no se acordaba de tu apellido.”
Eso me mató. Nadie se olvida de los apellidos de sus compañeros de la secundaria.
Le pregunté a Cristian si no había sido Rodrigo el que había cambiado de lugar las láminas de la mapoteca. “¿Y a mí me preguntás?” exclamó asombrado. Al rato agregó: “Otro día, si llama, te averiguo.”

Un viernes que diluviaba, Robertito, un compañero del curso, plantado a metros del portón del colegio, decidió no entrar a clases. Vivía a pocas cuadras del colegio, era hijo único y sus padres tenían unos campos cerca de Trenque Lauquen. Allá había aprendido a manejar y era el único de nosotros que sabía hacerlo. Robertito, bajo la lluvia y empapado, esperaba a que llegásemos para proponernos una rateada. Esa mañana teníamos dibujo y actividades prácticas. Todos andábamos con nuestros pilotos, paraguas y las carpetas de dibujos húmedas. “Vamos a casa que no hay nadie” decía Robertito. Primero me preguntó a mí y no supe qué decirle. Me sorprendió que contara conmigo. Enseguida llegaron Rodrigo y Vanina que venían corriendo debajo de un paraguas enorme. Rodrigo los saludó y Robertito les explicó el plan. “¿Venís, Rodrigo? Dale.” Rodrigo miró a Vanina un segundo y después asintió. Entonces dije “Yo también voy”. Vanina no quiso. Robertito insistió pero no hubo caso. Augusto, que también acaba de llegar, finalmente aceptó aunque fue el que más tardó en decidirse. Tenía la carpeta de dibujo envuelta en una bolsa de basura de consorcio negra para evitar que se mojara.
Nos separamos. Vanina entró al colegio y nosotros seguimos a Robertito.
Yo estaba tan excitado por los truenos, los rayos y la cercanía de Rodrigo que tuve un arranque de alegría. Tiré mi carpeta de dibujos a una alcantarilla que se la tragó al toque. Todos se rieron menos Rodrigo, que no lo vio porque estaba cruzando la calle de un salto.
Después de haber corrido como una jauría llegamos a lo de Robertito totalmente mojados. Nos secamos y preparamos leche chocolatada calentada en el microondas. Después puso música. Tenía el último cassette de Durán-Durán. En su cuarto Robertito sacó de su mochila un paquete de cigarrillos y empezó a fumar. Probé por primera vez y creí que lo hice bastante bien porque tosí poco. Rodrigo también fumó. Lo hizo como Robertito aunque con más naturalidad, como si llevara años fumando. Le pidió el cenicero y no lo soltó más. Estaba apoyado contra la pared, relajado, mirando la decoración del cuarto. Lo observé sentado desde la cama. Comenzó a hablar despreocupado de alguna profesora y de las hazañas de su hermano. Mientras, con la mano que sostenía el cigarrillo, se reconstruía el peinado. Contaba lo de Pisco y el cambio de colegio. Yo no escuchaba. Estaba colgado viendo cómo la camisa húmeda se le adhería a la piel. Se traslucía su anatomía compacta y lampiña. Conté siete lunares. ¿Notaría que lo observaba? Parecía un muñequito de alambre pero con onda. De pronto la charla pasó a las tetas de Vanina y de ahí a las habilidades personales de cada uno. Rodrigo le pidió a Robertito el encendedor, se tiró un pedo y al toque, con el chasquido a la altura del culo, iluminó la habitación con una llamarada tremenda que duró menos de una milésima de segundo. “Sos un groso” dije y todos me escucharon.
Augusto quiso recitar un poema de Almafuerte de memoria. Le dijeron que eso no valía.
Después fue mi turno.
Se me ocurrió hacer un truco de magia que me había enseñado mi tía, la de Bahía Blanca. Ante la vista de todos hice desaparecer de mi mano una moneda que después descubrí en una de las orejas de Rodrigo. La gracia causó buena impresión incluso a Rodrigo que soltó una sonrisa mientras se mordía el labio inferior. Justo salió el sol y un rayo inmenso entró por las ventanas del cuarto.
Con el cielo despejado nos fuimos cada uno para su casa.
Rehice la carpeta de dibujos durante el fin de semana. No me quejé. Las catorce hojas número seis con variedad de técnicas me salvaron con lo justo de llevarme la materia a diciembre.

El día que cumplí veintiún años reconocí la voz de Rodrigo en una publicidad televisiva. Casi me atraganto con las tostadas cuando lo vi en la tele del comedor. Muy seriecito promocionaba una vacuna genial que evitaba pescarse una gripe en cualquier momento del año. Tenía puesto un buzo con capucha, una remera rayada y las manos en los bolsillos. Re-natural.
Inmediatamente lo llamé a Cristian y me dijo que ya había visto el comercial. “Me olvidé de contarte” agregó. “Qué lindo regalito de cumpleaños, ¿no?”
Cristian me ponía incómodo. Sabía que Rodrigo era asunto de vida o muerte para mí.
En realidad lo que me molestaba era que Rodrigo no le haya contado nada de mí, que me tuviese como uno más del curso. ¿Cómo era posible que no supiera mi nombre completo, que no recordara nada en particular con todo lo que me esforcé para llamar su atención?

A Cristian le divertía mi desesperación. “Lo que más me gustaba de Rodrigo es que parecía un tipo feliz” me dijo. Pero eso yo ya lo sabía.
(Fin del fragmento)


Acá va otro fragmento de un trabajo que todavía está en el horno pero algo se puede adelantar como para ir picando

LOS REYES MAGOS

Capítulo 1. En el principio

Empiezo por lo peor. Voy a tratar de hacerla corta.
Tatao y Luciano eran novios desde cuarto año del secundario, aunque se conocían desde el Jardín de Infantes. El primario lo hicieron es escuelas distintas, pero se reencontraron a los 13 para no separarse más. Bueno, sí, pero todavía no.
Entonces parecían atados. Les gustaba lo mismo, hacían todo de a dos. Hasta decidieron estudiar el magisterio y el profesorado juntos. Se recibieron el mismo día y empezaron a trabajar, también juntos, en la misma escuela. Era una privada, y aunque tenían a cargo los mismos cursos, daban materias diferentes. Con lo que juntaron alquilaron un departamentito en Constitución, donde vivieron tres años lo más bien.
Pero un día Luciano, que andaba con dolor en una de sus muelas, conoció a Wisky, el dentista. Wisky es un apodo. Ya lo tenía desde hacía tiempo, pero Luciano en esa época lo llamaba por el nombre que aparecía en la cartilla de la obra social. Era un nombre complicado, con muy pocas vocales. No parecía de acá. Wisky era joven y se había recibido hacía muy poco y en el primer encuentro se enamoró de Luciano. “Fue así, de una” le contó a un colega del policlínico. Luciano, al principio, nada. Pero empezó a sospechar del interés de su dentista cuando el tratamiento se prolongó, cuando notó que cada vez que iba a atenderse volvía a su casa con muestras gratis de dentífricos, colutorios, cepillos de dientes y hasta de recetarios en blanco para usar de anotador. Y reconoció lo que pasaba cuando, yendo a atenderse se peinaba, se vestía bien, se producía y hasta elegía un libro adecuado para llamar la atención. Llevó La montaña mágicaBoquitas pintadas y El capital. Wisky entonces tenía motivo de charla. “¿Y ahora qué estás leyendo? A mí un paciente me regaló éste.” Mordiéndose el labio inferior le mostró Los marcianos otra vez. ¿Podremos sobrevivir?, de un autor desconocido. Contame de qué se trata el tuyo.” Pero el otro tenía la boca abierta y el instrumental le de brotaba de adentro como un helecho.
Tatao, que vio en los productos que traía su novio cada vez que iba al dentista únicamente fantasías, percibió sí, algo raro en la manera que tenía Luciano de minimizarlos. Fue, para Tatao, la actitud frente a ellos lo que lo delató. “Ah, ¿son cincuenta pomitos? Qué bien. No me di cuenta. Él es así con todos, muy generoso.”    
Una tarde en el consultorio Luciano se dejó llevar por Wisky. A los quince días, igual. A la semana, lo mismo. Cuando Luciano llegó tarde, después de ese tercer encuentro, Tatao lo olfateó buscando lo que ya había encontrado con su lógica de maestro: reconoció otro perfume, una mirada esquiva y una distancia nueva. Luciano, triste, le contó lo que había pasado con el dentista. “Tres veces nada más.”
“¡Ah, bueno! ¡Menos mal!”
Nunca en toda su vida se habían enfrentado a una situación así. La daban por imposible. No estaban preparados para resolverlo. Y aunque podría creerse que el que peor estaba era Tatao, no. Fue Luciano el que se brotó mal.
“Bastante putito resultaste”, le dijo Tatao odiado. Y empezó a llenar la mochila de abrigos. “¿No viste la bufanda a cuadraditos que tenía puesta esta mañana?” preguntó.
Luciano se mató esa noche, una hora y cuarto después de la partida de Tatao. En un mail cortito que escribió antes de morir, Luciano le pidió a Tatao que no hacía falta que lo perdonase a él, pero sí a Wisky. “Conocelo, Tatao y vas a ver. Vos hubieras hecho lo mismo” puso.
Después del entierro, los sucesos se dieron mecánicamente, inconexos, desarticulados. Pobre Tatao. Primero la despedida definitiva de la familia de Luciano que no entendía nada. Irma, la mamá estaba irreconocible y Norma, su hermana, destrozada. Las tres cajas con las cosas de Luciano fueron dejadas en el palier del edificio por Tatao para que Irma o Norma, las pasase a buscar sin tener que verse las caras deprimidas. También estaba la propia familia que insistía en acompañarlo a toda costa, y él, “que no.”  Después transferencias bancarias, ahorros y esas cosas que no eran gran cosa. Enseguida, la mudanza a un departamento más chico, por Congreso y la visita casi diaria al cementerio. A las tres semanas, con la ayuda de la luna llena, la quema de los recuerdos y entonces la soledad insoportable. Se fueron dando varios cambios de trabajo hasta que llegó a la mínima cantidad de horas posibles y una tarde, con una sudestada de fondo, se impuso la firme determinación de no volver nunca más al cementerio.
Después de todo eso, Tatao pidió turno con Wisky.
En la agenda de horarios del policlínico Tatao figuraba su nombre y apellido reales, por eso cuando Wisky lo llamó asomándose a la sala de espera para hacerlo pasar se sorprendió. Tatao, decidido, entró igual. Wisky lo reconoció por la foto que le había mostrado una vez Luciano. La desaparición de Luciano lo había desconcertado, pero lo había superado. Lo siguió y cerró la puerta. “Si es por Luciano te aclaro que hace como tres meses que no sé nada de él”.
Tatao, entero, contó que Luciano ya no estaba más. “Luciano se fue de todo.” Después de unos segundos, cambiando de ánimo, agregó: “¿Qué te habrá visto?” Lo rodeó para no descubrir nada en su espalda ni en sus hombros y Wisky, que no entendía nada, finalmente comprendió y se ahogó en un llanto cuando Tatao lo invitó a tomar un café cuando terminara de atender. “Bueno, o a cenar. Lo que quieras”, le dijo. “Yo invito.”
Y pasó el tiempo.
Yo lo veo a veces a Tatao cuando está borracho. Empieza tomando en la cocina, va de acá para allá por todos los rincones hablando sólo ―así me fui enterando de todo esto― y finalmente, cuando no distingue si me habla mí o a cualquier cosa, se tira en la cama. En el cajón de la mesita de luz, guarda escondida una cadenita plateada que solamente en ese estado, la saca, la aprieta en su puño, la besa y se va a dormir llorando.

(Fin del fragmento)


Los perdonados
“Ya salen los segadores
en busca de las espigas;
se llevan los corazones
de las muchachas que miran.

Abrir puertas y ventanas,
las que vivís en el pueblo
el segador pide rosas
para adornar su sombrero.”

F.G.L.

—Perdóneme, profe. No fue a propósito.
Era la voz de Lucas Romano, clara aunque algo infantil o nasal. 
Yo acomodaba el proyector sobre el escritorio. Me había agachado y en cuclillas —a la altura del aparato— calibraba el foco. Tenía la cara de Lucas muy cerca, arriba de mi cabeza. Él estaba inclinado haciendo que me ayudaba, tal vez para disimular delante de sus compañeros.
—Me va a perdonar, ¿no?— Lucas insistía sin dejar de mirarme. Ignorándolo, haciéndome el concentrado, tocaba un botón por ahí o corría la palanquita del lente hacia allá.
—Ey, profe, dele. ¿Me perdona? ¿Eh?
Entonces lo miré. Sus ojos parecían los de un cachorrito. Eran de un marrón muy oscuro y me sorprendieron sus pestañas. “Qué lindas pestañas tenés, Romano” pensé. Sonreía y entre los dos dientes de adelante se abría un surco mínimo que lo volvía más joven de lo que ya era. Me acordé que Madonna tenía los dientes igual. Sin embargo se notaba que estaba angustiado. Arqueó las cejas lo más que pudo y dejó caer la cabeza hacia uno de sus hombros. La frente estaba triste. Le miré el pelo. Qué suave y nuevito. Él solía trabajarlo de distintas maneras según la ocasión. Lo tenía negro-pomada y esa vez estaba recién cortado, bien al ras, apenas más largo arriba. Su piel era blanca, traslúcida y las venas turquesas iban de las manos hasta el cuello dibujando una anatomía saludable. Ese día se había puesto una remera estampada de rosas y unos jeans bordó achupinados como los que se usaban entonces. Su contextura fornida no le quitaba gracia. El año pasado, en el pasillo, lo pesqué bailando con una de sus compañeras. Movía la cabeza hacia un costado y hacia el otro, manteniéndola siempre recta, con las palmas juntas sobre la cabeza, apuntando al cielo, como una bailarina hindú. Habría grande los ojos y hacía muecas con la boca. Estaría fumado. Era gracioso. El recuerdo casi me hace sonreír.
No quería deschavarme así que miré para otro lado. Le miré las zapatillas rojas que no se las debía sacar ni para dormir. Tenía los cordones desatados. “No te vayas a caer, Romano” pensé. Su mirada aún estaba clavada en la mía. “Tengo que pensar en otra cosa”. Suspiré.
—Qué pesado, Romano. Obvio que lo voy a perdonar, querido. Pero después de clase; ahora ni lo sueñe. 
Busqué cualquier cosa en el escritorio donde estaba apoyado el aparato, hice algo dudoso con las listas y la cartuchera. Me preparaba para empezar la clase. Nos incorporamos.
Lucas seguía ahí.
—Vaya a sentarse, hágame el favor.
Y delante de todos, como si estuviéramos solos, me abrazó. Yo no atiné a nada. La sorpresa me paralizó. De golpe me rodearon sus brazos y todo su cuerpo estuvo pegado al mío. Me llegó su desodorante de varón, sentí la suavidad de su barba desprolija y el calor de su oreja en mi cuello. Asustado, miré sobre su hombro a sus compañeros, pero me sorprendí al notar que nadie reparaba en nosotros. A ninguno parecía interesarle lo que Lucas y yo pudiéramos hacer en al aula. Por eso estuve tentado de corresponderle con un beso, de pasar mi mano desde su espalda hasta meterla en el bolsillo trasero de su jean para acariciarle el culo, para agarrárselo, apretarlo y escurrirlo. Pero no, eso, para las películas. Mantuve la lista de presentes en una mano y la lapicera en la otra. Llevó su remera contra mi camisa, su cinturita contra mi panza y la energía que descargó sobre mí, propia de un adolescente ya crecidito, hizo que me vibrara hasta el esternón. Tres segundos duró ese abrazo. No, mucho menos. Perdón, tampoco. Duró una eternidad. Al toque de notar que se despegaba cerré los ojos y me saqué una foto con el cerebro, como una selfie desde arriba, de alta definición, una imagen que prometí jamás olvidarla y que por eso la escribo acá, de memoria y que fluye como un torrente de sangre que brota de una yugular recién rebanada. 

Diez días antes, Lucas, que era mi alumno favorito, y él eso lo intuía, lo sé, porque desde el primer día fui lo suficientemente claro y discreto, me había escrito un mail diciendo que nadie del curso iba a asistir a la clase siguiente porque los otros profes con los que iban a cursar adherían al paro, que yo era el único que supuestamente iba a ir y que no valía la pena porque me iba a quedar solo. Inmediatamente le respondí agradecido, que estaba muy bien que me avisara. Y suspendimos la clase. Me gustó mucho ese gesto y me imaginé pavadas, como que, frente a su grupo Lucas exclamaba “¡Yo le escribo al de Historia del Arte!” preocupado por no hacerme ir en vano. Pensaba que como era su profe favorito sólo él era digno de entablar una comunicación extracurricular conmigo, sabiendo que le iba a agradecer su consideración. Pero finalmente resultó ser una toda una tramoya. A todos los que teníamos que dar clase ese día les habían mandado el mismo mail. Y así, en nombre del curso, logró que zafaran de las clases la semana anterior, el día en el que algunos gremios propusieron un paro blando, incierto y desprolijo. Pero después los bedeles descubrieron la treta y cuando llegué a la oficina para firmar y llenar el libro, muy ofuscados, me preguntaron si no había recibido un mail como el que recibí, y dije que sí. Y me contaron el asunto indignados. Me advirtieron que tuviese cuidado con ese curso. Que fuera implacable, que tome medidas, que les pase el ausente, que los deje libres, que les tomara un examen sorpresa, que les pusiera un cero con rojo y cosas así. Ya no los escuchaba. “Lucas, —pensé— qué hijo de puta, Lucas.” Pero no dije que sabía quién había sido el autor material y me hice el sorprendido. 
—Cosas de chicos— minimicé.
—Cosa de delincuentes, más bien. En un programa de casos policiales que veo en la tele dicen que así empiezan los asesinos seriales. Un espanto.
Levanté los hombros.
—¿Completó el temario, profesor?
—Sí, listo. Nos vemos en un rato.
Una sensación de odio me atravesó. Lucas me había engañado y lo que era peor, me había tratado de la misma manera que había tratado a los otros. ¿Me había mandado el mismo correo que a los demás? ¿Quién de todo el grupo se habría comunicado con la profesora Riego o con el doctor Altodomani? ¿Por qué justo él escribió el mío? ¿Cómo era eso posible? Pensé que había algo entre nosotros. Al menos un trato diferenciado. Tenía motivos para pensar así. ¿O no?
Enseguida lo perdoné. Y unos segundos después, a los demás también. Igual, algo les tenía que decir. 
Con el bolso que guardaba el proyector, mi mochila, la carpeta y las listas caminé hacia la clase. Mientras atravesaba el pasillo me veía reflejado en los vidrios de las puertas de las aulas. Hace unos años mi aspecto podía pasar por el de un alumno, pero ya no. “Bueno, podrían confundirme con un alumno mayor” pensé para consolarme. Pero no, ya era un hombre, un señor. Podría ser el padre de Lucas. O su tío. “Un tío viejo” suspiré. Mis anteojos, que antes me daban una onda nerd, ahora me hacían claramente miope. Vestirme con corbatas de hilo y usar chalecos de colores era original a los veinte, ahora era prácticamente lo que correspondía. Mi peinado con jopo, antes genial, ahora lo veía casi al borde del ridículo, como si fuera una boina o una prótesis. Y encima no podía ignorar las canas. Cuántas canas, por Dios. ¿Por qué me habían salido tan temprano? Una injusticia absoluta. Mi hermano Alberto no tenía ni una, y eso que era tres años mayor que yo. Su vida de casado y con tres hijos ya grandes no lo había perjudicado. Estaba casi perfecto, con un porte aún digno y hasta envidiable. Entonces noté por primera vez que mis sobrinos podrían ser cualquiera de estos alumnos. ¿Y si me pelaba y chau? ¿Aparentaría menos edad? Se me ocurrió decirles a mis sobrinos que de ahora en más cuando estuviésemos frente a otros se refirieran a mí como “su primo”.
Tenía que volver a mis asuntos. Antes de entrar al aula me detuve un instante en la puerta y tomé aire. Respiré hondo y entré. La profesora Riego ya los había liberado. Saludé en general y con mi mirada telescópica ubiqué a Lucas. Estaba echado en su asiento, despatarrado, estirado, cerca de la ventana como si se tratara de la playa, con el celular ultramoderno entre las manos. Mandaba un mensaje de texto bastante largo, escribía a toda velocidad únicamente con los pulgares. Yo nada que ver. Aunque usaba un solo dedo siempre apretaba tres letras a la vez. Mis mensajes quedaban así: mnjkhhghhg. Descargué las cosas en el escritorio y llamé la atención. Ellos sabían que iba a tardar unos minutos en armar toda la tecnología que implicaba sacar la netbook, los cables, el alargue, disponer el cañón, prender todo, buscar el archivo y ajustar el foco. Por eso para ellos el recreo seguía y cotejaban sus celulares, hablaban o comían. Había olor a carne. Melisa devoraba un sanguchazo de pollo. Pedí atención otra vez. Sin dejar del todo sus actividades me escucharon y les conté, exageradamente, que la dirección de esta noble universidad sabía qué había pasado la semana pasada. Que los otros docentes estaban al tanto del vil engaño. Que estuvieran atentos porque no iban a ser perdonados tan fácilmente. Hice una pausa.
No dijeron nada. Lucas me miró de manera particular. Lo sentí. Se comenzaba a incorporar para acercarse. Continué.
—Yo no voy a detenerme más que esto. Estén atentos. Y, por mi bien, no voy a poner en duda el mail que recibí. No voy a creer que mintieron. No a mí, que saben que los quiero, y que entiendo que estos encuentros son absolutamente magníficos— ironicé. Algunos sonrieron y volvieron a sus asuntos.
Y me agaché a preparar el proyector. Lucas ya estaba a mi lado. 

Era verdad. Los quería. Especialmente a Lucas, obvio, pero en general a todo el grupo. Porque gracias ellos Lucas era más Lucas. A veces me preguntaba qué habría pasado si a Lucas lo hubiese conocido en otro contexto. “Nada” me contestaba. “Es el aula, es la relación profe alumno lo que encendía todo este morbo” me justificaba recordando algunas películas. Pero era mentira. Una vez tuve un metejón tremendo con Dardo, un repositor de mercadería del Carrefour de la vuelta de mi casa. Yo era más de ir al Dia, pero una vez necesitaba no sé qué cosa y entré apurado al Carrefour, donde todo costaba el doble. Me indigné. Pero enseguida fui recompensado. Como había mucha cola, la cajera dijo “Dardo, atendé en la dos” y él, que estaba agachado acomodando las latas de duraznos se erguió y pasó al lado mío pidiendo permiso. Era un flaco altísimo, tanto que la chomba del supermercado le quedaba corta de mangas y no le llegaba a la cintura. Estaba impecable y yo lo dejé pasar mirándolo con la cabeza para arriba como si se tratara de un avión. Enseguida rogué que me tocara con él. Y tuve suerte porque cuando vi que me iba a atender la otra me avivé y me hice el distraído como que me había olvidado algo. Dejé el lugar de la fila al que estaba atrás mío —no sé quién ni me importaba— y bien obvio, negué con la cabeza y llevé la mano a la frente, como que me había equivocado y entonces sí, el “Quién sigue, adelante por favor” lo dijo Dardo exclusivamente para mí. Me compuse, pasé y me sonrió. Y desde ese día voy al Carrefour. La primera quincena del mes a la mañana y la segunda, a la tarde porque esos son sus horarios. 
Esta obsesión me viene de pronto, así, de la nada. Me engancho en un segundo. Y únicamente con la distancia física y concreta se me pasa, por suerte. Aunque en ese momento sufra como un condenado, pienso que si se quedara para siempre me volvería loco. Cuando Dardo junte el dinero suficiente para pagar esa deuda que debe tener se va a separar de su mujer a la que no ama, va a conseguirse un trabajo mejor y nunca más lo voy a volver a ver. Pero para mí ya es tarde. Mi cabeza ya arrancó a imaginar cosas de él como lo de la deuda, lo de la novia y hasta una hijita a lo mejor. Y sólo la distancia obligatoria me lo va a sacer de la vista y de mi cabeza.
Me pasó también con Damián, un muchacho que trabajaba en el Museo de Bellas Artes. Tenía, como Dardo, su nombre a la vista de todos, en una credencial que llevaban a la altura del corazón. Damián era de la seguridad y custodiaba la sala de arte contemporáneo. Esa sala era la única de todo el edificio que no tenía un asiento y yo igual iba y me quedaba durante horas fijo como un poste haciendo que miraba obras que no eran de mi preferencia, pero él, entre esos tachones gigantes y alambres retorcidos era un monumento a la humanidad. Damián me intrigaba muchísimo, más que los otros, porque como no se movía y estaba uniformado costaba reconstruirlo. Tenía onda policía, tal vez por los bigotes que le quedaban muy bien. Cuando la gente pasaba cerca saludaba con un leve movimiento de la cabeza y tuve la suerte de ver cómo levantó el brazo para indicarle algo a una extranjera. Pero un día no estuvo más y nunca supe qué fue de su vida. Damián había desaparecido. Volví varias veces por si había estado enfermo o de vacaciones, o de licencia, pero nada. A otra cosa. Por fin pude ir a la sala de al lado a sentarme tranquilo y ver el arte del siglo XX. Distancia y superación. Damián se diluía. “Es la única que hay para mí” me decía. A veces rezaba y le pedía a Dios poder olvidarlos para siempre. Que me dejen en paz. Pero la cosa no parecía acabar, porque una vez superado Dardo venía Damián, y después de Damián, Lucas Romano. 
“Pero con Lucas Romano no va ser exactamente igual. Tengo su abrazo registrado y eso no podrá borrarlo ni la distancia ni el tiempo” me decía. Nunca nadie me había abrazado así. 
Lucas ya iba a egresar. Ese año no, el siguiente, que sería el último de su cursada, apenas lo iba a poder ver en los pasillos, porque no iba a cursar más conmigo, y finalmente me despediría de él y de su curso para siempre en el acto de colación, acto que nunca me perdía. Un entusiasmo colectivo se apoderaba de la ceremonia. Yo estaba feliz como ellos pero por afuera nada más, porque por dentro siempre se me entristecía algo. Es que era injusto que ellos lleguen, se queden por un tiempo y después se fueran. El que se quedaba siempre era yo. Yo era el único que se volvía viejo en el aula. Ellos en cambio estaban siempre con veinte, veinte y pico de años. ¿Nunca envejecían acaso? Tendría que estar prohibido, tendría que ser de otra manera.
A esas fiestas de graduación los egresados iban recontra empilchados y producidísimos. Y cuando subían a la tarima a recibir el diploma caminaban por el escenario como si fuera una pasarela. Saludaban a la platea y agradecían como si les dieran un Grammy. Todos comentaban los vestidos de las chicas, que iban divinas, pero yo me detenía en los zapatos de los chicos, en sus corbatas o moños. Entonces se usaba más el moño. Cuando me acercaba a las chicas para saludarlas les preguntaba por qué no iban así a las clases de Historia del Arte. ¿Cómo iría vestido Lucas? Seguro que de traje pero con sus zapatillas rojas. Le debía encantar hacerse el original. Yo lo imaginaba entrando por un costado del escenario en patineta (porque ya sabía que andaba en patineta). “Entra, agarra el diploma y sale haciendo una pirueta por el otro lado” pensaba. Yo aplaudiría eufórico.
¿Se acordarán los alumnos de los locos que dijeron durante mis clases? El grupo de Lucas ocupa un lugar preferencial en ese sentido. No sé cómo llegamos a hablar de Manuel Belgrano y Hernán comentó “Ah, Belgrano, el que se la…” y entonces hizo un gesto con la mano: como un puñadito y la agitó varias veces cerca de la cara.
El mundo de mis alumnos era muy distinto al mío pero me negaba a reconocerlo. Así me iba. Una frustración tras otra. En los parciales escritos esas diferencias se notaban cada año más. Y en el curso de Lucas cobraron una dimensión irreparable. Los signos se materializaban como pruebas irrefutables de un crimen. En vez de Erasmo de Rotterdam pusieron Orgasmo de Rotterdam, y entendieron que hace mucho tiempo, hubo una gorda primitiva que asesinó al papá. “Miguel Ángel agarró y lo hizo a David”. Aunque a mí no me importaba demasiado que recordaran a los autores que leíamos, me asombraba que pusieran “La fotocopia dice que…”. Nicolás, para hacerse el gracioso puso que “Los del renacimiento eran los mismos que las Tortugas Ninja”. El humor era la constante de las intervenciones que hacían. La proyección de imágenes era imposible. No podían pensar la obra de arte como algo fuera de su experiencia, y entonces si aparecía en pantalla La Gioconda alguien decía “Se parece a tu vieja”, “¡No, a tu viejo!” y cosas así. Yo dejaba que descarguen unos segundos y trataba de seguir. Lucrecia dio por hecho que los griegos eran unos sádicos porque hacían a sus esculturas sin cabezas ni brazos, sin dar lugar a lo que puede ocurrirle a una escultura que estuvo más de dos mil años bajo tierra. Emitían juicios descaradamente “Qué mal hecho que está ese pie” opinaban de una escultura de Bernini. Hace varios años había descubierto que, en general, los alumnos tenían pasión por los mitos. Les encantaban los mitos griegos, por ejemplo. Entonces aprendí como narrarlos, y practiqué bastante, incluyendo algún chiste, un poco de suspenso y transformando la explicación en un número de stand-up. Pero el entusiasmo que tenían los de este grupo no conocía límites. Ante una obra abstracta exclamaban “¡Cuéntese el mito de esta, profe!” Cuando vimos el relieve griego que muestra a Eros y a Psique, con el curso de Lucas hice un experimento. No revelé el final y les pedí que imaginen uno y lo escriban. Las respuestas fueron sangrientas, tremendas y salvajes. Benjamín puso “Psique recibe un whatsapp de Eros que dice que comience el juego”. Después me enteré que esa era la frase que un asesino maniático sexual utilizaba antes de empezar un desastre en una serie que el curso jamás se perdía. A veces irrumpían con delirios. Lucas aseguró ver una cara de un bebé en la rodilla de un personaje de Leonardo Da Vinci. “Está ahí, profe, se ve perfecto, ahí está” decía tajante ante la revelación. Me preguntaba si no vendrían fumados a mis clases. Las asociaciones que hacían eran desopilantes. Todo era por participar en clase y quedar bien, integrando ideas que habían visto en otras materias. Sólo ellos podían vincular el arte conceptual del siglo veinte con lo que habían visto cuando les explicaron en el Taller de Radio cómo funcionaba una consola de audio. Les costaba mucho leer y preferían ver películas hollywoodenses que trataran el tema. “¿Qué película me recomienda, profe?” preguntaban haciéndose los responsables. Para explicar mejor la importancia que hicieron las vanguardias llevé a modo de ejemplos diferentes poesías cortas que leyeron en voz alta. El resultado fue inesperado porque les encantó el asunto. No pensaba que iba a tener tanto éxito. Hasta recitaron letras de canciones que conocían como si nunca hubiesen tenido melodía. “A brillar, mi amor; vamos a brillar mi amor” declamó Facundo con los brazos extendidos. A la semana siguiente, antes de comenzar la clase, muy serio, Facundo me entregó un papel doblado. Me advirtió que había escrito una copla inspirado por el último encuentro que habíamos tenido. Cuando se fue a su asiento leí, muy intrigado, lo que había escrito. “Toulouse-Tolouse, llegó la cuenta de luz; Degas, Degas, llegó la cuenta de gas.”
Yo sabía que lo único que querían era recibirse de productores de radio, tele y cosas así; que mi materia estaba en último lugar para ellos. Por eso no me tenía que sorprender si intentaban zafar de una clase. Tenía que dejarlo pasar. El nuevo plan de estudios, que todavía no estaba vigente, reducía mi materia al extremo, y sabía que iba a perder horas e ingresos. Pero lo que más me preocupaba era que iba a dejar de estar mucho tiempo con ellos, que dejaría de comprometerme e imaginarlos, de agrandar, día a día, semana a semana, cualquier dato que arrojasen por casualidad o no para que yo pudiera expandirlo como un big bang. Cuando Lucas comentó que trabajaba en un local de artículos electrónicos no pude dejar de desplegar como en un abanico miles de situaciones en la que de alguna manera nos involucrábamos. 
Sí, la materia tenía demasiadas horas, es cierto. Pero juro que nunca les hice perder el tiempo. Me encantaba el aula y el curso de Lucas. 

Finalmente aprobaron todos. No fui muy exigente con ellos. Trataba de que la pasaran bien. Hasta llevaba caramelos en una cajita de madera que usaba en casa para guardar porro. “¡Qué baranda! ¿Qué guarda en esta caja, profe?” preguntaron con suspicacia ante el perfume dulzón que había concentrado la madera. “Fantasías” dije, haciéndome el cómplice. Pero no lo captaron. “Ah, pensé que remedios” dijeron. Como el parcial era a libro abierto los dejé traer la bibliografía que considerasen conveniente. Pero terminaron trayendo cualquier cosa: fotocopias e impresiones de internet que hablaban muy lateralmente de nuestros temas. “¿Y esto sirve”? preguntaban levantando una revista Muy Interesante.
Pese a todo ese grupo fue muy receptivo. Cuando los invité un sábado a la tarde a pasear por el Museo Nacional de Bellas Artes no faltó ni uno. Micaela vino con sus hermanas y Luciano con su novia, a quienes me presentaron. Lucas, que llegó un poco tarde, apareció con su patineta. El motivo de la salida era una mega muestra de Antonio Berni. Cómo les había advertido que íbamos a realizar una visita guiada programada con un ex compañero mío de la Facultad que trabajaba ahí, se tomaron el asunto en serio. Por las dudas, les había pedido que me hicieran quedar bien, y seguro que por eso le regalaron, terminado el recorrido, uno de esos chocolates que se venden en el tren. Me encantó ese gesto, aunque me dio un poco de envidia que a mí no me hubieran regalado nada.
Entre hora y hora de clase me gustaba ir al patio de la universidad a tomar algo. Me estiraba y perdía un poco el tiempo. Pasaban alumnos y ex alumnos míos saludando discretamente a quienes les devolvía la atención. “Qué tal, Morales, adiós Silvina, hola Germán”. Ya sentado y acomodado, casi siempre les hacía una seña a Lucas Romano y a sus compañeros que estaban más allá en otra mesa, charlando de cualquier tema. Alguno levantaba el vaso y brindaba conmigo a la distancia. Me relajaba tanto que hasta podía llegar a quedarme dormido. Una vez me pasó. El lugar, como entresueños, mutaba. Y una vez mutó de manera terrible. Yo me volví viejo, más viejo, y me vi sentado en el banco de una plaza. Ya no era el patio de la universidad. Era un parque. Estaba soleado pero fresco. El silencio era absoluto. Llegaba a verse, no del todo claro, la silueta de un edificio. Podía ser del Museo de Bellas Artes. Oí pasos y voces a lo lejos que se acercaban. Y apareció un joven que llevaba en sus hombros a un nene de pocos años, un chico que debía ser su hijo. Iban en cámara lenta para el lado de los juegos. Pasaron por delante mío y al verme callaron, mirándome desconfiados, como si nunca hubiesen visto a un viejo en el banco de una plaza. Les devolví el gesto, ofuscado. De pronto se detuvieron y afilaron aún más la mirada examinándome, buscando algo que creían que les escondía. Sin soltar a su hijo el muchacho sonrió. Yo sentí familiar esa sonrisa amplia, sincera, con los dientes centrales apenas separados, como los que tenía Madonna. Sí, el joven había sido alumno mío, mucho tiempo atrás, pero no podía recordar cuándo, ni dónde, ni su nombre. Entonces se presentó.
—Buen día. Me parece que usted no se debe acordar, pero fui alumno suyo, hace muchos años. Usted nos enseñaba Historia del Arte en la facultad. 
Yo no decía nada. No podía.
—Este es Iván, mi hijo mayor. 
—¿Ah, sí?—me puse la mano sobre los ojos para evitar el sol. Había una luz cegadora, como en los sueños. Quise ser amable y traté de dirigirme al niño que estaba muy alto. 
—¿Vos sos Iván? ¿Como Iván el terrible sos? Hola, Iván. 
No veía bien.
Él joven seguía sonriendo, de pie, erguido con su versión de sí mismo en miniatura. Notó que me incomodaba no poder ubicarlo. 
—Bueno, profe. Lo dejamos. Nos vamos al tobogán. Un gusto verlo. Cuídese, eh. “Chau, profe” decile, Iván. —y el chico dijo, apenas perceptible, “Chau, señor”. Y siguieron su camino en la luminosidad.
La escena era angustiante porque me hacía mal no recordar de quién se trataba, sabiendo que habíamos estado juntos en un aula, en alguna universidad, pero vaya uno saber cuál. Sí, esa sonrisa, esas zapatillas rojas… todo eso había sido importante y fundamental y ahora no tenía sentido.
Yo los veía diluirse en esos paisajes difusos que tienen los sueños hasta que desparecían. Entre sollozos, con la voz baja me disculpaba, diciendo que era sin querer. Y especialmente a él le pedía perdón, perdón por haberlo olvidado.


Buenos Aires, 2016